Compañeras plantas

Supongo que muchos ya sabéis que una de mis querencias es la jardinería. Soy una aficionada muy de andar por casa, nada docta ni doctorada. Establezco una conexión bastante emocional con las plantas, y las cuido básicamente a base de mucho autodidactismo: prueba, error, consulta en libros y páginas web especializadas; es decir, como la gran mayoría de quienes practicamos esta afición.

Mi jardín es “amacetado” y está en una terraza sobre la ciudad, a la que he observado mucho de vista y oído en las horas de jardinería y otras ocupaciones. A las plantas también las he observado, he procurado escucharlas y aprender de sus mensajes, a veces un poco ocultos para mí. Al principio yo quería mandar, ejercer mi poder de cuidadora; era presuntuosa y me empeñé, durante algún tiempo, en cultivar ciertas especies poco adecuadas a la áspera climatología de mi valle: a las bungavillas las abrigaré del frío y protegeré del calor tórrido, dije, al magnolio lo esconderé del implacable cierzo… Me esforzaré, se acostumbrarán. Alguna, como la hortensia, a la que sirve de salvaguarda en verano la sombra de una pequeña morera, es verdad que se ha acostumbrado, aunque sé que hay momentos del abrasador estío en que sufre bastante. El magnolio resistió con denuedo muchos años y creo que murió por mi causa: durante una temporada de crisis personal bastante dura, muchas de las plantas de mi terraza acusaban una tristeza desoladora para mí, que me sentía incapaz de hacer nada por ellas. Durante ese periodo, las más fuertes decayeron de color, no crecían apenas, pero al final lo superaron conmigo. Otras, más frágiles por su difícil equilibrio con las condiciones climáticas, murieron, como el magnolio, al que lloré sinceramente y con gran sentimiento de culpa.

A partir de ese momento, me convencí de cultivar especies que dependieran de mí solamente en cuidados básicos (riego, trasplante, poda, combate de parásitos, y cosas así), porque ese límite era seguramente el que les iba a permitir defenderse por sí mismas y adaptarse mejor en horas de adversidad. Además, ya me había dado cuenta de que en algunos rincones se habían establecido convivencias entre especies muy fructíferas y decidí alentarlas aún más: gazanias y rosales, rosales con hiedra, lantanas y rosales, hiedra, bignonia y parra, además, por supuesto, de la diversidad de bulbos que pueden entenderse en un mismo terreno pequeño sin demasiadas dificultades, o el aprovechamiento de las no malas hierbas y del trébol para frenar el vuelo de la tierra cuando sopla el cierzo. Comprobar cómo se produce esta colaboración mutua entre las especies vegetales es una de las enseñanzas más sorprendentes que he aprendido en estos años en el microcosmos de mi jardín, una comunicación que que sin ninguna duda se produce y se ordena inteligentemente en función de las necesidades de cada una de las especies.

Todas estas cosas que yo apenas voy entendiendo, nuestros abuelos, conocedores experienciales e intuitivos de los ciclos de los cultivos, del comportamiento de los bosques, las sabían bien, como lo saben los humanos que viven sin darle la espalda a la naturaleza. Y un paso más allá, una visión científica y razonada del desconocido mundo vegetal está, por ejemplo, en los libros y los vídeos que andan por la red de Stefano Mancuso:

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