El viernes pasado fui a ver «El camino a la Meca», obra teatral defendida muy exitosamente en el escenario por Lola Herrera, Natalia Dicenta y Carlos Olalla, con la dirección de Claudio Tolcachir. El público (esa tarde el teatro estaba lleno hasta la bandera) percibió la misma sensación que tuve yo de un muy buen trabajo actoral y escénico, a tenor de los aplausos y los comentarios.

Confieso que, a pesar de su reconocimiento internacional, no conocía nada la obra del autor, Athol Fugard (recientemente fallecido, en marzo de este mismo año), así que unos días antes de la función me puse a investigar un poco. No parece que exista ni una sola traducción al castellano de sus textos, que son bastante numerosos (quizás alguien debería pensar en remediarlo, aunque ya sé que la edición de textos teatrales anda desgraciadamente bajo mínimos). Se pueden encontrar algunos en el original inglés en diferentes plataformas on line.

La cuestión es que el texto de Fugard me parece más interesante cuanto más le doy vueltas. Técnicamente es impecable: a partir de un hecho sin aparente relevancia, el reencuentro de dos mujeres que se aprecian, el discurso dramático, puesto en boca de tres personajes, va desvelando gradualmente, en un medido ejercicio de papiroflexia oral, cómo es la situación real y concreta que constituye el núcleo de la representación: la que atañe a una mujer anciana, que defiende su libertad e imaginación para su vida, frente a las convenciones y las normas de una pequeña comunidad, la luz de los sueños frente a la lógica razonable.

El texto es además un canto a la amistad y la confianza. E importante es también, a mi modo de ver, la forma natural y ligera cómo constata las zonas grises de nuestras vidas y actitudes, cómo termina por aparecer que nada es blanco o negro: el amor que se disfraza y convierte en sobreprotección, la libertad que ha de defenderse incluso a costa de engañar y mentir, poco o mucho, la confianza que siempre está en riesgo de resquebrajarse: todo puede darse al mismo tiempo.

El contexto histórico de la función es el del régimen del apartheid, que el autor sudafricano siempre denunció. Con lo que la lectura interpretativa de la obra puede llevarse a cabo en varios planos.

«El camino a la Meca» está basada en la figura real de Helen Martins, una maestra sudafricana que, tras divorciarse, regresó a su casa paterna en Nieu-Bethesda (localidad donde Fugard vivió), que convirtió en un refugio misantrópico: la llenó de espejos esmerilados y velas para amplificar los efectos de la luz, mientras convertía el jardín exterior en un abigarrado museo para sus más de 300 esculturas de cemento y metales de inspiración mítica: https://theowlhouse.co.za/

Fotografía tomada de la página web de La casa del Búho (en Nieu-Bethesda)

Quizás la puesta en escena de esta obra fuera una buena ocasión para emprender la traducción y publicación de éste y otros textos de Athol Fugard. Es verdad que la escritura teatral cobra todo su sentido puesta en pie, como decía Lorca, sobre un escenario. Pero la dimensión literaria de la misma también puede apreciarse en su lectura, algo que parece hemos perdido de vista en los últimos tiempos. Y a mí me apena.

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