Estas son las insuficientes coordenadas con que se anda aplicando el concepto de integración educativa. Sé que en otros ámbitos de la integración (como el de la población inmigrante) también hay muchos problemas, sobre todo de distribución de los alumnos entre colegios públicos y privados. Esta incapacidad para resolver los problemas que plantea la integración, es lo que seguramente lleva a la existencia de una educación especial en centros separados. Es más fácil, más cómodo, y menos caro tener núcleos específicos de educación especial.
Sin embargo, yo siempre he pensando que para los alumnos con características especiales – y me refiero ahora exactamente a los alumnos con discapacidad física o mental- lo mejor sería su escolarización dentro de los centros “generales”. Es un tema muy complicado. Los alumnos que reciben su educación en los colegios especiales no podrían, evidentemente, seguir el ritmo de una clase habitual. Pero quizás tampoco sería tan descabellado la existencia de aulas para alumnos con discapacidad dentro los centros “generales” . Su ubicación en ellos permitiría, por lo menos, el contacto habitual entre los niños con discapacidad y los que no la tienen. Daría lugar a que todos desarrollaran algunas actuaciones de forma conjunta. A veces no se valora suficientemente lo importante que es para los chavales con problemas la estimulación de los otros niños. Además esa “coeducación” sería, naturalmente, lo que mejor ayudaría a la confluencia de las actividades sociales en general con las condiciones de la vida en discapacidad. Lo que mejor ayudaría a entender los problemas de la gente con diversidad funcional. Sentaría las bases de una real convivencia en todos los ámbitos sociales. Para entender hay que conocer.
Quiero ser realista, no obstante. Sé que lo que digo, hoy por hoy, es una absoluta utopía, por lo menos en este país. Así que por lo menos habrá que pedir una buena y suficiente educación especial según ahora se concibe, lo cual no siempre sucede.
Alguna vez he incidido en el hecho de que el colegio de educación especial al que asiste Daniel, – aunque lógicamente tiene cosas mejorables -, ofrece una atención muy estimable a los críos. Llegar hasta él no fue fácil. No es el primer colegio al que asiste. Ni la escolarización de Daniel fue un camino de rosas.
Cuando se planteó el momento de escolarizarle, fuimos a ver un colegio público, el “Alborada”, que le habían recomendado con gran énfasis a Inma, su madre. Nos gustó mucho lo que observamos, lo que nos contaron, e incluso el lugar donde está el centro, en el mismo barrio donde vivían por entonces Daniel y sus padres. Hoy en día, en Zaragoza, hay sólo cuatro colegios públicos de educación especial. No son muchos, en absoluto. Pero entonces eran solamente dos, el citado y el “Rincón de Goya”, donde también hacen una labor estupenda.
Los adultos más cercanos a Daniel, entre ellos evidentemente en primer lugar sus padres, pensábamos que con las referencias que teníamos de las características de los diversos centros dedicados a la educación especial en la ciudad y poblaciones próximas, tanto privados como concertados o públicos, la mejor opción era la de la enseñanza pública. Pero no pudo ser. No había suficientes plazas en los dos únicos colegios públicos existentes.
El primer año de su vida escolar, Daniel fue a un centro dependiente de una institución privada, que cuenta con subvenciones públicas. No diré su nombre. Si hubiéramos estado contentos con las condiciones generales de atención y funcionamiento, lo diría. No se dio el caso. Y fue muy frustrante. Porque habíamos luchado mucho toda la primavera para conseguir una plaza en la educación pública: instancias, recursos, prensa, entrevistas con los responsables… En fin, un calvario que no obtuvo el resultado apetecido. Para más desesperación, a lo largo del curso no encontramos avances reseñables en Daniel. Y nos empezábamos a dar cuenta de que el niño no iba contento. Se produjo alguna experiencia no muy agradable. Hubo rumores de otros problemas, que no voy a contar. Y todo ello colmó el vaso de nuestra paciencia. De nuevo a luchar.
Pedimos el cambio de colegio. Creo recordar que ya fuera de plazo de matrícula, incluso. Afortunadamente, supongo que ante la demanda de plazas también por parte de otras familias para la enseñanza especial pública, la administración se dio entonces cuenta de que era muy insuficiente el número de colegios públicos existentes. Nosotros habíamos vuelto además con nuestras peticiones, recursos, entrevistas con responsables, lo que hiciera falta.
Ese mismo verano se proyectó y puso en marcha un nuevo colegio, aprovechando un coqueto edificio que había albergado los cursos infantiles de otro centro educativo. Entre los admitidos en el hoy llamado “Ángel Riviere”, estuvo, afortunadamente, Daniel. Respiramos. Cuando comenzó el curso, respiramos más. Los cambios que percibimos a muchos niveles (organización, actividades desarrolladas, personal docente, etc) fueron considerables. Seguimos hoy en día en el mismo colegio. Hay cosas, ya he dicho, mejorables. Hemos tenido algún que otro problema, que ya contaré. Pero en conjunto, yo me atrevo a decir que el balance de estos años es muy positivo.
Además, este mismo curso se ha puesto en marcha un nuevo colegio público de educación especial en Zaragoza, el “Goya II”, con lo que ya son cuatro los centros públicos de educación especial existentes en la ciudad. Hay que tener en cuenta que los dos últimos colegios se han habilitado en cuatro años. Pasaron muchos más durante los cuales sólo hubo DOS en una ciudad de casi setecientos mil habitantes. Esos dos centros atendían además a chicos de la provincia, como sigue sucediendo.
No estoy diciendo con todo lo anterior que todos los centros privados o concertados de educación especial estén peor cualificados y calificados que los públicos. Hablo de una experiencia concreta. Aunque mi convicción es, sin duda, que este tipo de enseñanza y de atención se desarrolla mejor desde las instancias públicas, que además están especialmente obligadas a ellas. Por una clara razón: no hay rentabilidad inmediata capaz de afrontar con garantías éticas suficientes el esfuerzo que requiere la atención y el desarrollo de los niños con discapacidad. Un esfuerzo que es obligatorio para la sociedad, que es un deber de la sociedad en su conjunto, como lo es el de la educación de todos sus componentes. Ni más ni menos. Una educación que, repito, yo creo debería ser mucho más integradora.
* La imagen viene desde el blog «Divulgación del Programa de Educación Especial»


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