Antes de continuar, quiero afirmar que la brutalidad de la carga policial, a tenor de las imágenes difundidas, no tiene justificación desde ninguna instancia. Es sencillamente desproporcionada y brutal.
Después de oír la narración de los hechos por boca de la chica participante en aquella tertulia de La Ventana, me llamó la atención que ella misma se calificara como una persona “apolítica”. Creo que lo que realmente vino a decir es que la política no le interesaba nada. Yo me quedé un poco perpleja, la verdad. Porque me había parecido durante toda su intervención previa que precisamente lo que estaba haciendo, y de forma muy comprometida, era política. Si frases como las que se ven en la imagen de arriba no entrañan hacer política, entonces es que yo no entiendo para nada la etimología de la palabra.
Algo muy similar a lo que acabo de describir me sucedió hace algunas semanas. Estaba escuchando a un escritor de cierto renombre explicar algunos planteamientos de su literatura, sus intereses, sus inquietudes. Y después de una exposición plagada de terminología social, económica, cultural, al contestar a una pregunta del público, aseguró que la política no le interesaba nada. Recuerdo que también entonces pensé: pero si no ha dejado de hacer política en todo el rato…
Quiero entender que tanto la estudiante como el renombrado escritor se referían a la política “pequeña”. A la política profesional. A la política de tics, de discursos aburridos y sin imaginación, de actitudes para salvar la cara, poco valiente, a la política que se rige por las leyes de la publicidad y el márketing . A esa política que cada vez más está alejando, por contagio y extensión, a los jóvenes de la “cosa pública”. Y a los que no son tan jóvenes, también.
Pero igualmente entiendo que la culpa de tal desinterés no recae sólo y exclusivamente en los políticos. Colectivos como el de los estudiantes en estos días (tengan o no razón en el tema Bolonia, no entro en ello ahora) parecen empeñarse en alejar sus reivindicaciones del territorio de la política, sin duda debido al descrédito que la misma sufre. Individuos y colectivos como los escritores se empeñan igualmente en no aparecer nunca relacionados con nada que huela a política. Y señalo estos dos grupos, porque precisamente ellos fueron, con la antigua clase obrera, en los años sesenta y setenta dos de los grandes aliados de la Política con mayúsculas, de la política exigente, reivindicativa, comprometida con las mejoras sociales, con la denuncia de lo atrabiliario, fueron gente empeñada en no dejar la política sólo en manos de los políticos profesionales, en dotarla de su dimensión de “cosa pública”, de cosa de todos.
No seré yo quien defienda el discurso actual de la clase política en sus términos globales. Pero tampoco puedo compartir la asintonía de toda una sociedad con sus propios problemas. Es una paradoja de difícil resolución. Pero yo sigo convencida de que cuando escribo cosas como ésta, o un blog como Un blog para Daniel, o relatos como algunos que figuran en La arquitectura de tus huesos, sin ir más lejos, ahí también soy una mujer política, y hago cosas para la polis común. Y que conste que sería más fácil y más cómodo no creerlo, no soy tan ingenua.


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