Cibercepción, la dimensión literaria

Este artículo se publicó en la revista Narrativas, número 20.


Sigo dándole vueltas al asunto. Así que he pensado que podemos retomar aquí el artículo :

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        En una de las últimas campañas publicitarias de Vodafone hemos podido ver un anuncio, en el que un hombre (yo diría que divorciado) va presentando todas las posibilidades de habitación con que cuentan los multifacéticos y multifuncionales treinta metros que constituyen el apartamento que comparte con su pequeño hijo. El último punto mostrado es  la esquina donde bulle la pantalla del ordenador. Al llegar a ese ángulo, el protagonista del anuncio nos lo enseña indicándonos. … y aquí está nuestro espacio…. Se entiende: el espacio de los dos, padre e hijo: un mundo ilimitado por explorar. La aventura y/o el conocimiento a un clic de ratón o teclado, justamente tras la pantalla de ese ordenador, capaz de amplificar virtualmente de forma indefinida los escasos treinta metros en los que físicamente se ubican ambos.
Soslayo la nada subliminal concepción, que aparece en el anuncio, del espíritu de aventura y exploración como propio del género masculino (como si las mujeres no necesitáramos también escapar). Me interesa más ahora reflexionar un poco sobre las tecnologías de la información y la literatura, a partir de la manera en que el anuncio de Vodafone normaliza e introduce en la cotidianidad de nuestras vidas la relación entre dos espacios en principio diferentes y el nexo de comunicación entre ambos: el que llamamos espacio físico –nuestro entorno tangible-, lo que designamos como espacio virtual –nuestro territorio “informacional” de exploración-,  y la pantalla (nexo, pero espacio en sí misma también, aunque lo sea simuladamente, representativamente). Y lo que me parece fundamental de este anuncio es que demuestra claramente que el espacio virtual (lo que los pensadores han dado en llamar “tercer entorno”: véanse las aportaciones al respecto de Javier Echeverría[1]) está ya integrado, incluso superpuesto, a nuestra realidad física cotidiana. Las consecuencias de ello están evidentemente por descubrir. A pesar de la sensación que tengamos de que todo va muy deprisa, creo que todavía no somos realmente capaces de concebir las transformaciones que pueden llegar a producirse en nuestras formas de pensar, sentir, vivir y organizarnos debido a la aparición de ese “tercer entorno”. Como decía Gordon Graham[2]

Si ahora añadimos que Internet está en una etapa muy temprana de desarrollo, existen razones para pensar que el futuro del ciberespacio aportará novedades metafísicas y que la realidad virtual interpretada a través de la comunidad virtual es, de algún modo, un mundo nuevo a cuyas puertas estamos llegando (p. 161)
Hace ya unos cuantos años, Roy Ascott encontró el término cibercepción, un neologismo llegado para intentar explicar la forma en que los humanos percibimos nuestro entorno y a nosotros mismos en este lugar nuevo que es el ciberespacio[3] . Explica bien Teresa Aguilar:
Para este autor, el hecho de que estemos mediatizados y a la vez ampliados por los ordenadores supone un cambio en nuestro modo de ver, pensar y actuar en el mundo. Este cambio cualitativo en la percepción del espacio es un cambio que afecta a nuestro ser puesto que inaugura una nueva facultad en nuestro haber, la llamada “facultad postbiológica de la cibercepción”. El neologismo consta del ensamblaje de los términos “percepción”, que haría referencia al conocimiento del entorno mediante la sensación física, y “cibernet”, el conjunto de todas las redes telemáticas del mundo, la suma de todos los sistemas interactivos asistidos por ordenador. La idea es que este conjunto de redes telemáticas forman parte de nuestro aparato sensor y en este sentido suponen una ampliación de nuestro ser, ampliación que al ser informática recibe el nombre de “postbiológica”. Roy Ascott lo define como: ” La tecnología computerizada de la telecomunicación nos permite, dentro del flujo global de los media, salir y entrar en otras conciencias y lograr la telepresencia”.
Ascott encuentra que tanto nuestro cuerpo como nuestra mente han de redefinirse en esta nueva era tecnológica en la que estamos conectados en la red ampliando nuestras capacidades y alcance como seres humanos. Por eso, el medio nuevo o entorno en el que vivimos también implica una redefinición del lugar en el que vivimos juntos.[4]
Volvamos al anuncio de Vodafone. Esa redefinición del espacio vital es precisamente lo que muestra. Lo hace en términos aparentemente muy simples, pero también tremendamente efectivos (es, pues, un buen trabajo publicitario). Y digo que su propuesta es aparentemente simple, porque pensado un poco en todos los elementos conjugados y en como éstos van siendo sucesivamente presentados, el anuncio opera como un inapelable microrrelato que al final nos deja justamente situados en una plataforma de lanzamiento para nuestra imaginación: el tercer entorno.
Pues el tercer entorno no es exclusivamente el mundo de la  tecnología y la información. Requiere también una actitud. Una actitud que se corresponde con las necesidades/habilidades humanas inherentes a su matriz creativa e imaginativa. Una actitud de avance hacia la exploración/recuperación de espacios desprovistos de fronteras, de identidades fluctuantes, de relaciones multidireccionales, de realidades cambiantes en función de la cronotopía relativa.
Todo esto lo cuenta en breves segundos el simple anuncio al que venimos aludiendo. Pero lo hace (acaso sin que ni siquiera el creador del anuncio lo haya sabido) en dirección contraria: la aparentemente pequeña y limitada realidad del apartamento es, sin embargo, multifuncional, multifacética, cambiante,  quizás no sólo por necesidad práctica (que también), sino porque participa ya de las características de la metafísica del tercer entorno. Es una cuestión de concepto y de actitud: somos capaces de vivir dentro de este apartamento porque igualmente lo somos de hacerlo en el ciberespacio. Recurriendo de nuevo a Ascott, diríamos que: 

No sólo estamos cambiando radicalmente -cuerpo-alma-, sino que además estamos implicándonos activamente en nuestra propia transformación. No se trata únicamente de las prótesis de órganos implantados… (…) Se trata de una cuestión de conciencia. Estamos adquiriendo nuevas facultades y una nueva comprensión de la presencia humana. Habitar el mundo real y el mundo virtual al mismo tiempo, y estar simultáneamente aquí y de forma potencial en cualquier otro lugar, nos está proporcionando un nuevo sentido del yo, nuevas formas de pensar y percibir que amplían lo que creíamos que eran nuestras capacidades naturales, genéticas.[5]
Ese lo que creíamos es esencial a mi propósito en estas páginas, pues, volviendo al tema imprescindible de la actitud, es fácil comprender que la existencia humana no se ha transformado a lo largo del tiempo únicamente gracias al desarrollo y aplicación en el espacio de determinadas capacidades (naturales y tecnológicas), sino también debido a la aparición de actitudes afirmativas hacia esas capacidades y tecnologías. Es decir que antes de cualquier formulación y materialización de nuestras capacidades, éstas han sido pensadas, soñadas, imaginadas y consecuentemente enunciadas. Y en buena medida todo eso no es sino literatura. Pero la literatura no es irreal, forma parte de nuestros procesos de exposición y transmisión de información. La radical diferenciación entre lo que percibimos como existente a nivel físico y lo que alcanzamos a imaginar (e incluso soñar) no está en nosotros –usamos para todo el mismo cerebro-. Está más bien en los sistemas filosófico-políticos de pensamiento que ordenan y jerarquizan las prioridades de los términos de nuestras relaciones interhumanas y con la naturaleza, especialmente los de raíz cartesiana, lógicamente. Lo cierto es que:
La teoría matemática y la teoría cuántica vincularon para siempre el proceso de la información a la determinación de la realidad. Pero la teoría cuántica estableció un orden causal inverso al de la teoría matemática: la información determina lo real. Así, el concepto de información quedó asociado al poder de la determinación y concreción de estados, sucesos, o cosas que efectivamente surgen en la realidad. Cuando en las ciencias sociales se hace un uso metafórico o figurado de esta idea, y se afirma que la información y la comunicación en su sentido más extenso crean  y construyen realidades, se está indicando esta misma verdad.
No se trata de que con la información ayudemos a alterar la realidad o que podamos influir en ella de cierta manera. Tampoco se trata de que con los procesos informativos afectemos a posteriori una circunstancia o la condicionemos simplemente. Estos fenómenos existen, pero son demasiado simples o fáciles, existe una función aún más esencial, más central, de la información en la realidad. Lo que la teoría cuántica estableció hace ya un siglo es que es el proceso informativo el que fija una de las probabilidades infinitas en las que puede tomar forma lo real, y que en la ocurrencia de algo la información es la parte determinante. La información crea la realidad, y no en un sentido metafórico o vago.[6]
Y no es menos cierto que ésa ha sido siempre la pretensión y la vocación de la literatura: la creación de realidad; la generación de universos paralelos, que pudiéramos sentir y percibir con igual intensidad y nitidez que la realidad física en la que estamos tangiblemente instalados. Dicho a lo grande, la literatura ha sido, durante algún que otro milenio, la fórmula creativa ficcional más próxima a la actual realidad del ciberespacio. Los signos del lenguaje humano (oral y escrito) se han constituido en flujo y combinación de sentidos  durante milenios, de una manera asimilable  a cómo los impulsos electrónicos informacionales fluyen en nuestro universo y conforman el ciberespacio. Cediendo a la imagen literaria, una está tentada de pensar que ambos siempre han estado ahí, reconocibles por nosotros en función de nuestra capacidad tecnológica, aguardando a que descubriéramos sus confluencias, superposiciones e intersecciones.
Mientras únicamente hemos podido recurrir a las proyecciones ficcionales de nuestro cerebro y nuestros sentidos no han estado ampliados por dispositivos tecnológicos y por redes telemáticas, la literatura ha sido, desde que alcanza nuestra memoria, nuestro tercer entorno. El lenguaje ha sido y es una herramienta versátil y en sí mismo un espacio sin lugar definido, un no lugar multidireccional, polifacético, y con posibilidades de expansión especular casi infinitas. En él han confluido siempre nuestra realidad y todos los mundos virtuales (míticos y genésicos, o simplemente referenciales tanto para nuestra historia, como para establecer los ámbitos éticos y políticos de nuestra percepción y actuación) que hemos sido capaces de necesitar y pensar; e igualmente en él, si hablamos desde la concepción romántica y burguesa del creador como ser individual proteico, han aparecido todos los restantes individuos que también somos o que pudiéramos ser.[7] La literatura ha construido ese tercer entorno básicamente con y en la metáfora, instrumento de significado (es decir, información creativa-generativa) que utilizado como forma del discurso filosófico, como verdad metafórica, es capaz de generar realidad ontológica. Esta intersección ha suscitado no pocas investigaciones y disertaciones en los pensadores a lo largo de la historia, signo claro de la intuición constante de que la realidad difícilmente admite una sola categorización, de que no es estática,  ni de única dirección[8]. Como no lo somos cada uno de los “yo” supuestamente individuales que habitamos insertos en esa realidad cambiante: lo fenomenológico es pues igual que lo ontológico, diríamos. Y eso es claramente rastreable en el ciberespacio, un no lugar donde podemos hablar y actuar, ser literariamente. De tal manera que gracias al ciberespacio y su incidencia en el mundo tangible lo que era ficción y lo que era realidad dejan de ser tan diferentes, más bien han devenido la misma cosa. El hecho literario esencial –en cuanto a su valor filosófico-, la metáfora, ya no sólo generará ficciones de forma inmediata, que deberán atravesar el descoordinado proceso de lectura secuencial para trasladarse a realidades mediatas al cabo del tiempo; la metáfora introducida en el ciberespacio precipita sucesos reales tanto en él como en la realidad tangible, y de forma simultánea en ambos entornos.
La metafísica kantiana establecía los principios y límites desde los cuales era posible un conocimiento científico de la naturaleza. Hoy es posible la metafísica como ciencia. Cuando se pensaba que no había sentido en ir más allá de un supuesto ser localizado aquí y ahora, demasiado abstracto y general, y por eso fácilmente diluible, irrumpe el ciberespacio estableciendo la existencia de un ser deslocalizado, abstracto, capaz de ir más allá del ser que se ubica delante de la pantalla.[9]
Trasladada esta equiparación entre metafísica y ciencia al hecho creativo, me gustaría casi terminar anotando una reflexión que el arquitecto Emilo López-Galiacho aportó ya en 1996 al Congreso de Ciber@arte celebrado en Valencia; sus planteamientos me parecen completamente aplicables a casi cualquier voluntad y hecho creativos propios al menos de este siglo 21 (respecto al futuro es imposible prever nada):
La arquitectura está implicada en hacer habitable e inteligible lo real a través de la manipulación y significación de la materia. Dentro de este proceso, lo virtual puede y debe formar parte de lo arquitectónico. Superando los aspectos más funcionales de la tradicionalmente llamada arquitectura “inteligente”, tecnológicamente orientada hacia el confort “autista”, es preciso reivindicar una arquitectura híbrida de intersecciones y encrucijadas, de superposiciones y transparencias entre lo real y lo virtual, una arquitectura monumentalizada mediáticamente a partir de la memoria histórica y antropológica de la materia y del lugar.

El progresivo dominio del software sobre la materia está permitiendo la interconexión ilimitada entre hombre e información y posibilita la simulación como alternativa a la experiencia física. Este proceso de desmaterialización de lo real aporta nuevos contenidos a nuestra experiencia del mundo, pero es más dudosa su capacidad de generar equivalentes arquitectónicos que actúen a gran escala sobre la estructura material y visual del entorno. Tenemos dentro de nuestros hogares tecnologías informáticas tan sofísticadas que sustentan en pocos centímetros espacios cibernéticos infinitos de acceso ilimitado e instantáneo, pero sin embargo seguimos construyendo nuestros edificios apoyando en el suelo ladrillo sobre ladrillo. Lo post-mecánico convive con lo pre-industrial.

Si entendemos que la arquitectura debe traducir en estructuras físicas las formas de vida y los símbolos de la sociedad que la produce, es necesario e inevitable empezar a establecer interacciones entre lo virtual y lo real que vayan más allá de la implementación funcional y la mera ingeniería del confort y enuncien propuestas visuales innovadoras e inteligibles para la configuración formal de los posibles paisajes de la era cibernética.

La tecnología está ampliando las capacidades de la materia y de nuestros sentidos y abre puertas a la globalización y desmitificación de lo arquitectónico, difuminando los límites entre materia e información, realidad y representación, verdad y mentira, seducción y engaño.[10]
Comparto decididamente estas ya antiguas reflexiones de López Galiacho. Si sustituimos en su discurso los términos arquitectura y arquitectónico por literatura y literario, y las alusiones a la materia por otras al lenguaje, es innegable que este nuevo espacio pone ante cualquier escritor instrumentos y posibilidades fascinantes de trabajo y expresión. Aunque todavía no hayamos encontrado las formas más adecuadas de vivir  en este nuevo mundo, creo que intuimos y comprendemos lo que está sucediendo, como demuestra el anuncio de Vodafone al que me refería al comienzo de este artículo. Y creo que la literatura tiene mucho que hacer en todas estas mudables realidades que ya sabemos son nuestro universo, pues ningún instrumento humano es tan capaz como el lenguaje, que se reinventa continuadamente y con él refundamenta y reinterpreta nuestros entornos, precisamente porque somos lo que somos en virtud de la información, y ésta siempre es de una manera u otra literatura.

[1] Por ejemplo, Conferencia de Javier Echeverría, filósofo y matemático, “Sociedad y nuevas tecnologías en el siglo XXI”, Málaga, 17 de enero de 2001 (http://servicios.elcorreo.com/auladecultura/javierecheverria1.html)

[2] G. Graham. Internet, una indagación filosófica, Frónesis, 2001.  Puede consultarse parcialmente en Google Libros
[3] R. Ascott. “La arquitectura de la cibercepción” en Ars Telemática, Comunicación, Internet y Ciberespacio. Giannneti, Claudia Ed. L´Ángelot. Barcelona, 2000
[4] M.T. Aguilar. “Implicaciones filosóficas de la arquitectura de la cibercepción” (http://www.architecthum.edu.mx/Architecthumtemp/colaboradores/teresaaguilar/texto1.htm)
[6] E. Aladro Vico. La información determinante. Tecnos. 2009. Cita extraída de la web de la autora: http://www.lajarda.com/ealadro/material_para_descargar/la%20info%20determinante.pdf
[7] Véase por ejemplo la explicación respecto a las teorías filosóficas sobre el mito de Vico, que se expone en E. M. Melelinski, El mito. Akal, 2001 (pp. 11-15)
[8] P. Ricoeur. La metáfora viva. Ediciones Cristiandad.
[9] M. Aguilar García. Ciberontología. Identidades fluidas en la era de la información. http:aparterei.com
[10] E. López Galiacho. Arquitecturas híbridas a ambos lados del espejo. Superposiciones y transparencias entre lo real y lo virtual (Ponencia en el Congreso Internacional Ciber@rt 96. Valencia. 1996). http://www.emiliogaliacho.com/LaPielCapazOrigen.htm
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