Síntomas de la entropía/23: La mala desmemoria

Este clima general en el que estamos inmersos, como de un cierto colapso social (incertidumbre, incapacidad generalizada para solventar los gravísimos problemas y conflictos en lo que estamos sumidos, desconfianzas multi-recíprocas, banalidad hortera, fatuidad ignorante…, y esto lo digo dejando por delante mi convencimiento de que ningún tiempo pasado fue mejor…), fomenta algunas actitudes en las relaciones interpersonales e intergeneracionales que me parece deberíamos comenzar a reconducir de alguna manera. 
La amnesia, la desmemoria y sobre todo la complacencia en esa amnesia es una de ellas.

No se trata de no ejercer cuestionamiento crítico respecto al pasado, sino todo lo contrario. Se trata precisamente de conocer y reconocer tiempo y hechos pasados, vida y obra de quienes deberían ser referencia desde la que caminar o contra la que caminar. Anteponer cualquier otra consideración a ese reconocimiento (ya sea de índole político, cultural, revanchista, por rivalidad o animadversión, o aun peor, si se diese, por arrogante ignorancia) solo me puede parecer mezquino y sobre todo de una gran pobreza intelectual y especialmente humana.
No nos favorece nada, no va a ser un camino que nos lleve muy lejos, no puede tenerse como una estrategia que nos vaya a ayudar a salir de este pantanal en el que todos estamos medio hundidos (tengamos más o menos responsabilidad en el pantanal, cultural tamibén): y dejo por delante que a mi me interesan sobre todo las expresiones e instrumentos creativos que ni siquiera existen todavía.
Aprendí ayer unas cuantas cosas escuchando la conversación de gente como Rosendo Tello, Luis Bazán, Emilio Quintanilla, Ángel Guinda y algunos creadores más que estuvieron ayer en la Gala de las Letras Aragonesas 2011, celebrada por la Asociación Aragonesa de Escritores, que entrega el Premio Imán a Rosendo Tello, reconociendo así  el gran esfuerzo vital y literario de su empeño, y en él de otros bastantes. Aprendí muchas cosas de su experiencia relatada durante tiempos complicados y díficiles. Y eché de menos a  jóvenes y menos jóvenes creadores de nuestra sociedad (no es un acto ni una celebración cerrados: están abiertos a todo el que quiera acercarse a estar un rato juntos para simplemente convencernos un poco y convencer a la sociedad otro poco de que efectivamente la cultura tiene algo que decir y hacer en estos momentos). 
Aprendí mucho de cómo estos ya maestros que digo y otros ejercieron su responsabilidad en otros tiempos díficiles. Ojalá todos a los que eche de menos lo consigan también ahora. Hablo de ellos, porque la transición esta vez va para largo y es g-l-o-b-a-l. Está complicado. Pero ojalá. Ojalá tengan los instrumentos para ello y la actitud. No sé si se puede conseguir ignorando muchas cosas de nuestro pasado, pero ojalá, incluso. Ni siquiera es una cuestión de generosidad; simplemente de supervivencia egocéntrica. Y si no lo consiguen, si no lo conseguimos, malo. Al tiempo.

Bueno, y estoy absolutamente de acuerdo en que cada uno hace lo que puede (también en literatura, como bien dijo Joan  Margarit – durante una lectura de poemas de su último libro y conversación posterior, nada concurridos  en asistencia tampoco-  raramente, digo, uno hace lo que quiere). Por eso quizás me quejo solo un poco.

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