Hoy extiendo mi mano palma arriba:
mendigo, como todos,
mi canasto de agua.
Mil veces no lo hago por vergüenza,
por orgullo, por no certificar
ante los transeúntes y sus sombras
que me duelen los huesos,
la cabeza y a menudo el estómago golpea
toda su digestión contra mis ojos.
Solo me ofrecerían hospitales e iglesias
en los que no recuerdo haber estado cómoda
ni una sola vez.
Hay sin embargo días en que todo me vale:
reclinar la mirada
ante los escaparates, fumar un cigarrillo, beberme
un par de vinos o dejarme llevar por la larga tristeza
de la tarde nublada o del final del cine solitario a las siete.
Cualquier pequeña cosa
que no tenga por nombre el de un día, el de un mes,
y pueda arrebujarme
después, como una oruga, entre cuatro paredes.
*La imagen reproduce el cuadro «Refugio» de Paul Klee (1879_1940)


Deja un comentario