
Traigo un texto del poeta Marcial, ciudadano del Imperio Romano y nacido en Bilbilis. Marcial es el poeta clásico del desengaño, con una dicción y un estilo que a los habitantes de Aragón nos resultan muy cercanos, por su ácido humor y su «retranca». Es Marcial un romano de los pies a la cabeza en cuanto a los elementos culturales que podemos percibir en su mundo poético. Este mundo es el de la Roma contemporánea, de la que él da noticias sobre multitud de personajes a los que vemos ir y venir a pie de calle, en sus ocupaciones, debilidades, virtudes, sueños, en su ruina o en su buena fortuna, en el amor y en la muerte.
Es Marcial muy de esta tierra aragonesa también en su relación con la sociedad de la Roma «superurbana». Su aspiración a la gloria literaria y social no resiste su marcado individualismo, su inconformismo, su acerada capacidad crítica. Por eso acabará huyendo de Roma. Por eso y porque se queda sin medios de sustento. Y al volver a Bilbilis, reencontramos en su estado más puro al Marcial que disfruta de las cosas pequeñas y nimias, de los gestos cotidianos, al Marcial capaz de conmoverse hasta los tuétanos por el dolor o la muerte de un niño.
El poema que dejo habla precisamente de este regreso a Bilbilis, y es un texto dirigido por Marcial al también poeta Juvenal. Lo pego en la traducción realizada por Esperanza Ducay para la edición de los «Epigramas», de Guara Editorial (1986). Y pongo a continuación el texto latino, por si a alguien le apetece seguir su brillante ritmo (he repasado el texto , espero no haber dejado ninguna de las interpretaciones automáticas de word).
Hace un tiempo compuse un pequeño atículo sobre el poeta bilbilitano para
El Cronista de la Red. Allí podéis encontrar más textos y una glosa sobre la obra y trayectoria de Marcial. Y también hay textos de Marcial en el espacio que la web de
Institucion Fernando el Católico dedica a la edición de los «Epigramas», llevada a cabo también en 1986 por José Guillén, revisada después, en la segunda edición, por Fidel Argudo, y que figura en el apartado «Libros y revistas en red».
Mientras tú, Juvenal, te abres paso agitado,
entre los ruidos mil de la Suburra,
o mientras subes hacia el Aventino;
mientras por los umbrales de los poderosos
ondea el aire tu toga sudada,
y fatigado vas y vienes
por el Celio mayor y el menor,
mi Bilbilis –a donde he vuelto-,
tierra soberbia por sus minas
de oro y de hierro,
tras muchos años me ha recuperado,
y ella me ha convertido en campesino.
Aquí, tranquilo, sin más esfuerzo que el que dicta mi pereza,
me recreo por Boterdo y por Platea,
-estos son nombres rudos de tierras celtíberas-,
gozo horas de sueño profundo
y reparador que no interrumpe,
a veces, ni la hora tercia
y, así, recupero lo que en treinta años
no pude dormir.
Ni me acuerdo de la toga; cuando la pido,
me alcanzan una túnica que tengo cerca,
sobre una silla desvencijada.
El fuego, cuando me levanto,
ya me espera con un montón de leña
del encinar cercano, y con corona de ollas
que puso la granjera;
acude un cazador que tú querrías
encontrarte en la apartada selva;
un granjero imberbe
reparte las raciones a los siervos,
y les ruega
que hagan cortar
la larga cabellera.
Así quiero vivir y así morir.
Dum tu forsitan inquietus erras
calmosa, Juvenalis, in Suburra
aut collem dominae teris Dianae;
dum per limina te potentiorum
sudatrix toga ventilat vagumque
maior Caelius et minor fatigant:
me multos repetita post Decembres
accepit mea rusticumque fecit
auro Bilbilis et superba ferro.
Hic pigri colimus labore dulci
Boterdum Plateamque –Celtiberis
haec sunt nomina crassiora terris-:
ingente fruor improboque somno
quem nec tertia saepe rumpit hora,
et totum mihi nunc repono quidquid
ter denos vigilaveram per annos.
Ignota est toga, sed datur petenti
rupta proxima vestis a cathedra.
Surgentem focus excipit superba
vicini strue cultus iliceti,
multa vilica quem coronat olla.
Venator sequitur, sed ille quem tu
secreta cupias habere silva;
dispensat pueris rogatque longos
levis ponere vilicus capillos.
Sic me vivere, sic iuvat perire.
La ilustración es la que realizó
Chema Lera para el artículo de El Cronista de la Red.
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