Bilbilis

Hace unos días hablamos del poeta romano Marcial, nacido en Bilbilis, a orillas del Jalón. Comenté entonces que había escrito hace un tiempo para El Cronista de la Red una semblanza del poeta. Hice también un pequeño texto sobre la ciudad que le vio nacer, basado en las palabras bibliográficas de los expertos en la ciudad “romano-aragonesa”. Quiero dejar aquí ahora ese texto, haciendo notar que mis ancestros provienen de la zona donde duerme Bilbilis, y quizás ello ayuda a la querencia. Este es el texto:

Sobre los tres cerros que vigilan el lugar de Huérmeda, – las cumbres de Bámbola, San Paterno y Santa Bárbara, – encaramada junto al lugar donde los ríos Jalón y Ribota sellan su encuentro, la romana Bílbilis duerme y recuerda, dejándose ver a cada paso entre las ruinas vivas de su caducado presente. Entre los siglos I y III la ciudad degustó sus mejores momentos y sus gentes anduvieron confiadas entre sus calles monumentales y sus campos feraces y algunos de ellos, como Marcial, viajaron a Roma y allí consiguieron renombre y eco en todo el orbe para su ciudad natal.

Será el espíritu de Roma quien dé señas de identidad a Bilbilis como ciudad, aunque la elección del asentamiento humano correspondiese a uno de los grupos de lusones –de todavía incalificado origen- que andaban por las riberas del Jalón medio y del Jiloca con anterioridad a que se manifestase el interés de los romanos por la Península Ibérica. Durante los siglos II y I a. c., la población se ve sometida a la gran inestabilidad generada por los enfrentamientos casi continuos entre las tribus celtíberas y el ejército romano, y después entre los propios romanos: las campañas de Tiberio Sempronio Graco (180-179 a.c.), la larga guerra derivada de la rebelión de Segeda (156 a.c.), o las lucha civiles entre Quinto Sertorio y Quinto Cecilio Metelo (79 a.c.), y entre Pompeyo y César posteriormente (49-45 a.c.) Parece que la ciudad que se convertirá en la Bílbilis romana había decidido acercase a la órbita de los conquistadores muy pronto, ya en el siglo II a.c. y tal circunstancia propiciará el asentamiento de colonos itálicos.

De esta manera, cuando, pacificada Hispania y muerto luego violentamente César, Augusto emprende su política de urbanización del Imperio – en la península ibérica llevada a cabo de la mano de Agripa -, Bilbilis es una de los enclaves elegidos en la Península Ibérica como lugar de la representación del poder, la gloria y la riqueza de Roma. Toda la ciudad se organiza escenográficamente sobre las laderas de los cerros que ascienden, entre terrazas con suaves rampas, ajadas escaleras de alabastro y cálidas y luminosas casas de inclinadísimos tejados, hacia el conjunto magnífico del foro, el templo y el teatro, los cuales sin duda con su espectacularidad se harían visibles a lo lejos para todos los habitantes de la zona, siendo en buena medida costeados por las familias acomodadas de la ciudad, quienes ganaban así el favor de los poderosos de la metrópoli. Para ello los patricios bilbilitanos no escatimarían esfuerzos y no se conformaron con los nobles materiales de las canteras cercanas, sino que acarrearon hasta su ciudad la exhuberante piedra negra de Calatorao e incluso los excelsos mármoles de Carrara, los más delicados de Grecia, o los luminosos de Africa y Anatolia fueron adquiridos en los mismos almacenes que abastecieron la construcción del Foro Augusteo de Roma.

El foro bilbilitano, erigido en la cima del cerro de Santa Bárbara, fue inaugurado en época de Tiberio y contó con la aportación económica del ciudadano Emilio, hijo de Gayo, a quien sus conciudadanos glorificaron con agradecimiento en lapidaria inscripción por los siglos de los siglos, por lo menos hasta hoy. Modificado después, en tiempos de Trajano, el foro contaba con una plaza casi cuadrada a la que se abrían en los lados oeste y sur tiendas y tabernas de artesanos y comerciantes, en el este se levantaba la basílica que tendría muy posiblemente tres naves, y en el norte el templo, que exponía así su monumental fachada al sol del mediodía. El conjunto contaba con fuertes muros de contención, pórticos y criptopórticos, así como monumentales escalinatas que se abrían comunicando unos niveles con otros. Una gran escalinata de casi ocho metros de anchura y nueve de altura llevaba desde la plaza del foro al templo hexástilo, pseudo-períptero, de orden corintio, con una altura de unos doce metros, y en el que destacaba el color rojizo de las tejas de su cubierta. Coronando la gran escalera y ante la fachada del templo se erigía un ara de sacrificios, y rodeando el templo se repetían los pórticos, que aparecen como el elemento más característico y definitorio del foro de Bilbilis, puesto que son por una parte la transcripción arquitectónica del aterrazamiento de la construcción, y por otra multiplican los espacios ocupables del foro y también comunican unas zonas con otras.

Desde el lado oeste del foro otra gran escalinata descendía hasta la plaza que antecedía el acceso al teatro, que se construyó sobre el terreno del profundo barranco que se extiende entre el monte de Santa Bárbara y el de Bámbola. Adosado a esa ladera natural, su graderío tenía capacidad para más de 4.600 espectadores, lo que pone de manifiesto que era una construcción pensada para acoger a la población de los alrededores. Formaba una unidad urbanística y monumental con el foro y seguía el modelo del teatro Pompeyo de Roma. Lo más singular estaba acaso en su frente de escena, formado por veintidós columnas, en dos niveles, y con tres exedras curvas que se adelantaban de la línea del frente, al igual que sucedía en el teatro de Sagunto. En el exterior de lo que fue el teatro quedan restos de un pequeño templo o salcellum muy posiblemente dedicado a Livia, la esposa de Augusto, durante cuyo mandato comenzó la construcción del teatro, que se prolongó hasta el del emperador Claudio.

En la misma época de Augusto, y ascendiendo en la ciudad hacia el norte, se elevaron las termas públicas conocidas de Bilbilis, aunque es posible que hubiera otros edificios dedicados a baños públicos. Esa primera construcción no era demasiado amplia y por ello en una segunda fase de remodelación, en tiempos de los flavios, se acrecentaron sus dimensiones y se aumentó el número de salas: apodyterium (vestuario, con hornacinas para guardar la ropa), frigidiarium (sala dotada de una piscina de agua fría), tepidarium (sala templada), caldarium (sala con calefacción en suelo y muros, en la que se ubicaba una gran bañera de agua caliente) y una pequeña sala final de reposo abierta al caldarium y con una fuente de agua fresca que dulcificaba el ambiente de éste último. Las termas de Bilbilis estuvieron preciosamente decoradas con pinturas de estimable calidad, realizadas en el IV estilo pompeyano, y debidas a alguna compañía de pictores itálicos ambulantes.

A su medida, Bilbilis tenía todo lo que una ciudad romana podía ofrecer a sus habitantes. Disfrutó de una planificación urbanística excepcional, en la que los expertos han visto fórmulas y esquemas propios del oriente helenístico, pasados por los modelos de la Italia central. Sus viviendas, muchas porticadas y con atrio, e incluso huerto, en buena parte orientadas al sol de mañana y protegidas de los vientos, y sus calles aterrazadas y adornadas por revestimientos de mármol y piedra, fuentes, estatuas y epigrafías de conmemoración, fueron testigos de una activa vitalidad que dominó la comarca durante un par de siglos. Bilbilis acuño moneda y, como recuerda su ilustre hijo, Marco Valerio Marcial, fue famosa por el trabajo del hierro de sus ferrerías, si bien sus ciudadanos multiplicaron sus ocupaciones disfrutando de un pausado devenir pegado al ritmo de las estaciones. Locales comerciales, hornos cerámicos, herramientas artesanas, lugares de esparcimiento como cantinas y termas, son testigos de una apacible vida urbana que no olvidaba el cuidado del ganado – sobre todo caballos- y campos – reputados por sus hortalizas y frutales- o a la práctica de la pesca y caza:

“Varón digno de ser celebrado por las gentes de Celtiberia, gloria de nuestra España, vas a ver, Liciniano la alta Bilbilis, ilustre por sus caballos y sus armas, y el Moncayo encanecido por las nieves y el sagrado Vadavarón[1] de montes abruptos, y el placentero bosque del delicado Boterdo[2], protegido por la fecunda Pomona. Te bañarás en las tranquilas badinas del tibido Congedo[3] y en las blandas balsas de las ninfas, y tu cuerpo, relajado en ellas, lo vigorizarás en el poco profundo Jalón, que templa el hierro. La misma Voberca[4] ofrecerá a tu mesa salvajina que podrás cobrar cerca. Los veranos sin nubes los suavizarás en el aurífero Tajo tupido por la sombra de los árboles; tu sed ardiente la aplacará la helada agua del Dercenna y del Nuta más fría que la nieve. Pero cuando el nevado diciembre y el invierno desaforado brame con el bronco cierzo, buscarás los soleados litorales de Tarragona y tu Leletania…” (Marcial, Epigramas, Libro 1, XLIX)

El silencio y el cierzo se instalaron en la ciudad con el progresivo abandono de sus muros a partir del siglo III. Las cartas entre Paulino de Nola y Ausonio a finales del IV indican que Bilbilis ya ha sido abandonada a su suerte. Nunca fue olvidada sin embargo, aunque fuera para sufrir un expolio que dio vida ya en tiempos de otra civilización, la musulmana, a la nueva Calatayud, su heredera, que siguió alimentándose de ella en largo expolio de piedra y alma que no concluyó hasta acabar reduciéndola a huellas que hoy los arqueólogos se afanan en reinventar con la fidelidad histórica que su ciencia permite.

[1] Sierra de Vicor
[2] Actual huerta de Campiel
[3] Río Alhama, de aguas termales
[4] Bubierca

* Autor de la ilustración: Jean Claude GOLVAIN, (CNRS de Burdeos) a partir de planos e información de Manuel Martín-Bueno y del equipo de Bilbilis, Universidad de Zaragoza. © 2004, de los autores.

* Algo más de información para el que la quiera en:

Atlas de Historia de Aragón. Antiguedad.http://www.dpz.es/ifc/atlas-aragon.htm
Bilbilis. Municipum Augusta Bilbilis.(http://www.calatayud. org)
Guiral Pelegrin, Carmen y Martín-Bueno, Manuel. Bílbilis I: Decoración pictórica y estucos ornamentales. IFC. Zaragoza, 1996
Martín-Bueno, Manuel. Bilbilis Augusta. CAI 100, nº 49. CAI, Zaragoza, 2000.
Martín-Bueno, Manuel.”Viaje al corazón de Bilbilis”. Trébede, nº 16/17, julio-agosto 1988, pp. 49-56.

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5 Comments

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  1. De modo que hundes tus raíces en las tierras que vieron nacer a Marcial, el más vivaz de los poetas romanos… Él siempre se quejaba de que en Roma era imposible dormir. De todos modos, parece que a su regreso a Bílbilis añoró esa ciudad inmensa y caótica. Besos, querida amiga.

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  2. Pues sí, por ahí andan las raíces, orilladas al Jalón…Marcial encerraba unas cuantas contradicciones, muy fructíferas desde el punto de vista literario. Me gustan mucho los poemas del libro 12, porque se muestra agradecido a su lugar de origen e intenta por todos los medios disfrutar de él, pero sabe en el fondo que ya no pertenece a ese sitio: ciertamente añora Roma, su escenario.Un beso

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  3. Parafraseando a John Cleese en “La vida de Brian”: “hay que reconocer que en cuestión de imperios, el romano es el número uno”.Estupendo recorrido por Bílbilis, que es casi también mi ‘patria chica’. La historia de Segeda también es impresionante.Un abrazo

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  4. Casi veo la ciudad como la cuentas: esas “ajadas escaleras de alabastro”, lástima paraíso perdido.¿Tan poco queda de aquello?, sería magnífico ver una reconstrucción aunque fuese virtual (resultan impresionantes).Precioso regalo a Bílbilis este trabajo Luisica.Y, jejeje, tiene razón Alfredo , donde esté el imperio romano…..Nos vemos esta tarde prenda.

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  5. Number one de los imperios, sí, sobre todo cinematográficamente hablando, ja, ja…Segeda también, es verdad, tiene una historia impresionante. ¡Cómo eramos ya por entonces, caramba!¿Así que tienes procedencias jaloneriles, Alfredo? Bueno, bueno…————————Para el texto, Inma, leí y refundí, en realidad. Los arqueología me parece una ciencia fantástica. Pero hay que saber mucho. Eso espero, verte esta tarde, y a todos. Besos.

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