La bahía de Nápoles

Francisco Aranguren dejó, en su comentario a mi post del día 10, – ese en que me daba por casi regresada -, una sentida evocación de su experiencia de la contemplación de la bahía de Nápoles. Hice algunas fotos desde las ventanas y las terrazas de la Certosa de San Martino, una tarde que se iba poniendo negra por momentos y que terminó con una escandalosa lluvia casi de verano. No me salió muy bien el intento de panorámica, la verdad. Y la luz estaba delicada y difícil. Pero de todas maneras dejo la foto para que intuyáis por lo menos la hermosura de la bahía.

Aquella mañana, -el domingo pasado, exactamente, hace ahora pues una semana ya- estuvimos en el Museo de Capodimonte. Bajamos luego a comer hasta una pizzería muy popular (supongo que por conocida, pero también popular en sentido vertical, o sea “muy de barrio”) de la Piazza Caritá, en medio de Vía Toledo. Esta calle es la arteria vital y turística de la ciudad. A su lado crecen y se despliegan antiguas vías, muchas de ellas construidas por los españoles, por las que culebrea una abigarrada multitud de inquietos, pero pausados, napolitanos. La estrechez de estas calles, larguísimas, y la constante presencia de cientos de prendas tendidas por ventanas y balcones, como banderas de un palio cotidiano, impide que llegue la luz del sol hasta el suelo. En contraposición a este centro histórico y ruidoso de la ciudad, tanto Capodimonte como el barrio del Vomero, elevados ambos vertiginosamente y de pronto, aparecen más ordenados, más despejados, más silenciosos. Además, han crecido en círculos por las laderas de los montes, mientras el centro antiguo tiende mejor a la cuadrícula y a las callejuelas radiales.

Aquel mediodía, Vía Toledo estaba más tranquila de lo habitual, a partir de la Piazza del Museo Arqueológico. Aunque hasta allí, desde Capodimonte, nos costó media hora bajar en autobús, debido a un monumental atasco de tráfico, que de pronto desapareció. Desde Piazza Dante hacía Piazza Trieste, Vía Toledo bullía, como siempre, pero a un ritmo más lento y era mucho menor la presencia de las mantas que sobre las aceras muestran sus imitaciones de artículos de marca, en frente mismo de las tiendas donde se pueden vender los supuestamente auténticos.

Después de comer, caminamos hasta el Funicular Central y en él ascendimos el Vomero para visitar la Certosa de San Martino. Es un edificio de excelente arquitectura que fluye desde el renacimiento al barroco con absoluta naturalidad. Allí se guardan, entre otros tesoros, algunos cuadros de Ribera, hasta los que me guió Fernando porque yo me había despistado, y un par de deliciosas esculturas de Bernini, que descubrió Raquel al final de un montón de salas que nadie visitaba. Me quede boquiabierta también ante las taraceas de los armarios de la sacristía. Una técnica que practicaba con sabiduría mi viejo amigo, Pedro Milano.

Como la Certosa es bastante grande, aunque nos cruzamos con varios grupos de visitantes, no se dejó notar el característico agobio del turista ante la falta de espacio vital. Deambular por los patios casi toscanos de la Certosa napolitana, perderse por las estancias vacías del museo que alberga el edificio, contemplando a lo lejos la bahía que se iba cubriendo de oscuras nubes, fue uno de los placeres más saboreados de la estancia en Nápoles. Desde una de esas estancias tomé la foto que habéis visto arriba. Coincido con Francisco Aranguren que la estampa de la bahía desde lo alto es una de las cosas más bellas que pueden verse en la ciudad. Después de esa contemplación y de caminar al día siguiente por el Lungomare, -el paseo ciudadano que la va bordeando y por el que casi nadie transitaba durante la mañana de lunes- me dio pena pensar que, según mi percepción, esta fascinante ciudad vive bastante de espaldas a su bahía.

A la salida de la Certosa de San Martino, el regreso al hotel fue un continuo descenso en círculos de más de veinte minutos en taxi hasta llegar al mar, acompañados por un aguacero importante, de los de cortina espesa, que nos hubiera cambiado por completo el recuerdo de aquella tarde dominical, si no llegamos a tomar oportunamente ese taxi que nos depositó amablemente en la misma puerta del hotel.

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9 Comments

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  1. Gracias Luisa. La foto me encanta. Leo en Vila-Matas algo que sentí yo (no sé si tú también). En su recorrido por las grandes Iglesias, entra en el Duomo, la catedral, casi vacía de feligreses, y no ve por ninguna parte a San Gennaro. “Entré después en la iglesia de Gesú Nuovo y allí no había nadie, tan sólo una especie de tenso y rancio silencio fementado desde sabe Dios cuándo”. Y luego, “en Sando Doménico me pregunté qué será de las iglesias del mundo el día en que dejen de usarse del todo ¿Superstición y fé ha de morir?”. Esa parte de Nápoles rancia y fermentada me causó espanto. Nápoles “esa maravillosa ciudad, donde cada día, a todas horas, pueden verse riadas y riadas de gente caminando”. Un beso.

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  2. Un gustazo recorrer esos paisajes y la ciudad de tu mano.Junto con los recuerdos que conservo de por allí me siento muy a gusto.Besos

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  3. Mira que soy ignorante…al margen de esa hermosa vista de la bahía, pensaba que Nápoles era solo una ciudad industrial con poco que ver. Enfin, que ha sido un gusto leer tu recorrido. En cuanto pueda intento poner mas imágnes a tu post y a mi visión de esta ciudad.No te levantarás sin saber una cosa más…PD Que bonita esa taracea del armario, si señora. Digna de Pedro Milano.

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  4. Bueno…esperando a ver algún día tengo el gustazo de ir por allí, me conformo ahora con tus aventuras tan detalladamente contadas.

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  5. Qué envidia cochina me ha entrado en este momento… El año pasado vi una exposición itinerante de cuadros del Museo de Capodimonte en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. Impresionante.Ay, Nápoles. ¿Es verdad que en los altares, junto a San Genaro, sigue habiendo imágenes de Maradona?Besos

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  6. Es verdad, Francisco, hay una parte de Nápoles que asusta un poco. Esa parte como anclada bajo una especie de roña que vive en la inercia y parece pensar que ahí está su atractivo. Por ejemplo, me sorprendió negativamente, y mucho, el Museo Arqueológico. No por lo que guarda: espléndidas piezas. Sino por cómo se guarda. Encontré vitrinas que parecían sacadas de una película de los años veinte. Salas sin nadie. Museo-almacén. Las iglesias también están como incrustadas en épocas que ya nadie conoce. Hay un problema para que el turismo en general acuda a verlas, que es para lo que hoy en día están las iglesias que guardan obra de arte: su ubicación en zonas muy deprimidas y catalogadas por todas las guías como “de alto riesgo”.En la catedral, San Gennaro está. Pero la catedral casi ha desaparecido bajo las sucesivas reformas y pastiches. Es una catedral que juega mucho a despistar. Seguramente la ciudad entera juega a despistar.De todas maneras, a mi, la ciudad, en su desmesura para todo, me resulta fascinante.

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  7. Ybris, me alegro de haberte traído recuerdos y si son buenos, mejor, mejor. Besotes.————————-MIma, Nápoles tiene cientos y cientos de cosas que ver… Es tremendo. La ciudad entera es un enorme escenario. No hay calle que desperdiciar. Por todas partes hay palacios, con preciosos patios, grandes muros almohadillados; iglesias, iglesitas, todas con algo que mirar. Y la gente, sus modos, sus costumbres; en fin, un auténtico teatro sin fin.——————————–Pues a ver si me sigo animado y cuento alguna cosilla más para que te animes y corras a verlo, MM. Creo que te encantaría, sí. Muas.——————————-Pues yo no lo he visto al Maradona, 39. Pero es posible que en eso no me haya fijado mucho. Hay altares por la calle, con muchas flores frescas. Pero casi todo son santas (mucho más que santos). Capodimonte me gustó más como Museo que el Arqueológico. Además el palacio donde está ubicado es una maravilla de construcción. Vaya que no sabían los borbones ni ná.Besos medioambientales, pues.

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  8. Hola Lucía, bienvenida: por el día de la tierra, sí. Por todos los días que la tierra es.

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