Sentido común que no se practica (de Cultura 2.0 a 3.0)

(Este texto es la redacción posterior  y aproximada del contenido de mi intervención en las I Jornadas de Aproximación a los Nuevos Formatos del Libro -Zaragoza, 11 de junio 2013-  sobre buenas y malas prácticas en el ámbito de la edición, publicación, difusión…)

Como sucede con casi todo en la vida, establecer formas de buenas prácticas en la Cultura 2.0 termina siendo una cuestión de sentido común. El sentido común nos conduce, para empezar, ante una doble evidencia histórica.

La primera de ellas es que nuestra civilización planetaria ha alcanzado ese estadio de organización que ya hemos llamado “sociedad de la información”. Salvo apocalipsis total, se trata de una transformación sin marcha atrás, y que recorre transversal y verticalmente todos los ámbitos y niveles de nuestra vida en la Tierra (con todos los matices que queramos y debemos establecer al respecto).

La segunda evidencia es el cambio de actitudes y aptitudes de los individuos y los grupos sociales (estructuración del pensamiento, de los lenguajes, formas de organización, procesos de aprendizaje, instrumentos para la comunicación, elementos de la misma, etc., etc.)

Ambos hechos se retroalimentan reciprocamente, como lo han venido haciendo a lo largo de toda la historia de la Humanidad, sólo que ahora en aceleración constante y sin pausa. Desde el punto de vista del ámbito de la cultura, hablamos todo el tiempo de discursos fragmentarios, de sampleados, de interconexiones, de multi-texturas, de interculturalidad, etc. Bien, de lo que estamos hablando es de discursos culturales en permanente inestabilidad y transformación y de métodos de creación, producción y difusión que han evolucionado y mutado de una manera propia, más rápidamente de lo que lo han hecho los complejos engranajes del mercado cultural. Como consecuencia se han generado disfunciones, territorios “sin ley”, distonías y perversos, cuando no interesados, malentendidos entre los protagonistas activos de la cultura y el mercado.

Hay consenso histórico generalizado en que la cultura es un bien común. Las sociedades suelen establecer formas y normas de uso, intercambio y administración de los bienes comunes, bien sea de manera reglada y legalizada por los procedimientos e instancias pertinentes a cada momento y grupo de intereses, bien sea consuetudinariamente. Se entiende que dichos procedimientos se establecen para preservar las buenas prácticas en el uso del bien común, -en nuestro caso de un hecho cultural-, que un individuo o grupo, dentro de la colectividad, ha producido y pone a disposición de los demás. Dichas buenas prácticas no han sido entendidas siempre inalterablemente de la misma forma, aunque a veces así nos lo pudiera parecer. Vienen determinadas por y atienden a las necesidades, fines y fórmulas de acceso y retorno que la colectividad entiende como adecuadas en cada momento. En nuestro caso todavía (y desde la consolidación de las transacciones mercantiles como cauces de relación e intercambio social a partir del siglo XVIII, sobre todo) es el mercado capitalista quien establece los términos contractuales.

Hoy en día los derechos de autor, encarnación jurídica y económica del concepto ilustrado y burgués de la propiedad intelectual, son concebidos como un cimiento nuclear de cualquier modo de difusión de un hecho cultural. A las infracciones cometidas respecto a esos derechos se refieren gran parte de las malas prácticas en las que todos pensamos, como por ejemplo la piratería en Internet. Sin embargo y sin defender en absoluto la práctica pirata –cada contexto histórico es el que es y no hay actuación, individual o colectiva que pueda valorarse sin referirnos a él-, conviene tener presente que hubo épocas en que los méritos y prestigio de un artista se medían precisamente –entre otras cosas- por la cantidad de “versiones” que era capaz de inspirar a otros artistas, los cuales evidentemente comerciaban con dichas interpretaciones en su propio beneficio. Es cierto que el volumen de “productos” no era en absoluto comparable a los generados en las transacciones contemporáneas. Por eso mismo, la piratería en el desestructurado mundo virtual es completa y absolutamente reprobable; como también lo es la mala práctica analógica que consiste en no abonar a los artistas el valor crematístico de sus derechos de autoría, lo cual acontece con muchísima frecuencia en el entorno de la creación escrita, por ejemplo. Tanto en un extremo como en otro la distonía no proviene del bien en sí, sino de su manipulación mercantil, de la que una buena parte de los editores también son víctimas. Que conste.

Quiero decir con esto que no se corresponde con la realidad la tendencia a pensar que las  malas prácticas se acumulan en el territorio de Internet, mientras  que el mundo analógico aparece como indefenso ante la agresividad de los pistoleros virtuales.  La mala praxis campa a sus anchas con bastante impunidad en uno y otro universos paralelos (no tan paralelos, sino todo lo contrario, completamente interseccionados entre sí). Y lo hace por diversas razones, que no nos corresponde ahora desarrollar –aunque, ciertamente, sería apasionante hacerlo-.

Entre estas razones está sin duda la falta de adecuación entre las normas legales (tanto referidas al ámbito de la protección moral y ética, como a las que establecen los cauces comerciales) y las exigencias de la realidad actual y futura de un mundo ya muy complejo, cambiante, y con tendencia a descontrolarse de forma cíclica. Y esta descompensación es preocupante, como lo es la lentitud de las instituciones políticas y económicas en introducir las necesarias modificaciones que devuelvan al ámbito contractual legal y/o factual un cierto sentido común que satisfaga a la mayor parte de agentes intervinientes en los procesos culturales.  Los cambios deberían de estar produciéndose ya de manera razonable, equilibrada, pero también valiente. Tales modificaciones deberán contemplarse en todos los procesos y momentos creativos, porque ya no estamos creando como hace siquiera veinte años, ni intercambiamos nuestros trabajos como antes, ni los difundimos igual, ni nos confiamos en los mismos agentes para ello, etc, etc.  Ni todo ello lo verificamos en los mismos rangos temporales, a la misma velocidad de hace muy poco, o en los espacios de antaño, etc, etc. La legalidad actual corresponde en buena medida a una sociedad que ya no existe.

Pero, como se explicaba en una reciente presentación de un informe de la Fundación Alternativas (“Internacionalización de las industrias culturales  y creativas españolas”: descargar), no todo lo necesario para adecuar el entorno de la creación al tiempo actual y futuro lo ha de realizar la ley.  Todos los agentes activos de todos y cada uno de los procesos creativos tenemos nuestra parte de responsabilidad. No podemos ni debemos eludirla. Dos ejemplos muy sencillos, muy fáciles de entender.

Uno el tema de la piratería. Respecto a esta lacra, primero hay que tener en cuenta que la piratería como práctica usurpadora de derechos es realmente dañina cuando hablamos de grandes portales concentradores de enormes cantidades de obras, y cuya explotación deviene fraudulenta porque los dueños de dichos portales se benefician (y mucho) económicamente, utilizando en su provecho una práctica siempre existente: la del préstamo e intercambio de cultura entre grupos de personas con intereses afines. El salto espectacular de escala en la cantidad de material disponible de esta manera, la amplitud de su difusión, pero sobre todo esa explotación a todas luces no ética, es lo que marca la gran diferencia. Particularmente, no veo nada de malo en que, como siempre se ha hecho, una fracción pequeña y razonable de la cultura se intercambie amigablemente, fuera de la contraprestación puramente económica. La cultura sigue siendo un bien común, por encima de todo.  Siempre ha sido una cultura compartida. Como se comentó en la presentación del informe citado arriba, si un libro legal estuviera a un click del lector y no a seis, mientras el pirata está a dos, muy probablemente la piratería masiva en Internet se acabaría.

Si tenemos presente esta pequeña reflexión, seguramente entenderemos mejor por qué no están funcionando bien los libros electrónicos que mantienen un precio casi igual al del libro en papel, estando sometidos por ende a la cautividad fantasmal del DRM (de tal manera que uno paga exclusivamente por el uso del libro, y además en un único soporte: es decir, hacemos realmente una lectura en streaming: si esto no es una mala práctica…) Es curioso que este sistema de “venta” lo hayan estado practicando sobre todo los grandes grupos editoriales y mediáticos. Ellos han entrado en el mercado digital cuando ya no les ha quedado más remedio, y con fórmulas más disuasorias que incitadoras a la lectura digital. Quizás, ya no actuarán de la misma forma en cuanto hayan encontrado la manera de controlar el mercado digital  y de llegar a ese control haciendo la transición al ritmo que a ellos les interese (si logran hacerlo). Personalmente, no me cabe duda de que entonces serán los primeros en aniquilar el libro en papel (lo cual por otra parte les ahorraría gran cantidad de costes). Muy posiblemente entonces tengamos que luchar por preservar la posibilidad de editar bellos objetos librescos, a pesar de que no tengan gran rentabilidad económica.

El segundo tema sobre el que podemos reflexionar es el de los propios contenidos existentes en Internet. Partiendo de la premisa de que es verdad que en este terreno queda muchísimo por hacer (tanto desde el punto de vista de la “urbanización” de dichos contenidos, como de su protección  o, desde luego, de su calidad), no creo que lo que sucede en la Red sea diferente (una vez más ) a lo que ocurre en el mundo fenomenológico. Muchas veces oigo que en Internet “hay mucha producción sin calidad”, “mucha mediocridad”, ”mucho autor que no encuentra otra forma de publicar”. Lo cierto es que la edición en papel no está exenta en absoluto de este mismo mal de la banalidad y la falta de criterio y autocriterio, y que las autoediciones abundan mucho, mucho (aunque quiero dejar constancia de que no tengo nada en contra de la autoedición, sino todo lo contrario: me parece un proceso altamente creativo para el autor, cuando con ese sentido se realiza, claro, no como mera forma de estar sea como sea).

Respecto a estos temas, si hay una responsabilidad por parte de la propia gente de la cultura es precisamente la de haber hecho dejación de responsabilidad, no haber acotado al mercado dentro de los límites que le corresponden: lo cierto es que hemos sucumbido a sus encantos y el mercado ha arrasado con todo aquello que no le es útil. Incluidos los contenidos de calidad, que incitan a la reflexión, a la crítica, al conocimiento.

Acaso a la cultura le convenga servirse de cuanto tenga creativamente a mano para combatir a este dragón que vive dentro de ella, servirse de todas las armas del sentido común frente al sentido vampírico del mercado. El mercado no es malo en sí. No se me entienda torcidamente. Pero su administración en el mundo cultural no es diferente a otros sectores, y a menudo resulta perverso, como bien sabemos.

Hemos entrado ya la  Edad de la Información. Ese es realmente el asunto. El asunto es mucho más transcendente y profundo que el punto donde normalmente lo colocan las interesadas y aireadas diatribas que insisten en enfrentar modelos y prácticas. Enfrentamiento que, por otra parte, es inevitable e incluso lógico en un tiempo, como éste, de cambio en profundidad. Pero sinceramente creo que ya hemos perdido demasiado tiempo en marcarnos de cerca unos a otros y en intentar llegar con el mayor control posible de la situación a un punto que no sabemos, ni de lejos, cómo va a ser.

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