La ciudad como trama infatigable de imaginación y memoria

El escritor Fernando Aínsa ha elaborado este texto sobre Ciudades inteligentes, el poemario que no hace mucho he publicado en Olifante.

Desde que Baudelaire descubriera en sus flaneries por París los encantos de la ciudad, el espacio urbano se ha convertido en escenario privilegiado de la poesía, ingreso a la modernidad iniciado en el último tercio del siglo XIX. Sus calles, barrios y bulevares han sido ensalzados y mitificados, como hizo Borges en Fervor de Buenos Aires, o rememorados con nostalgia al modo de Constantino Cavafis en “La ciudad”: “Dijiste: “Iré a otra ciudad, iré a otro mar. Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta”. […} La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo y en estas mismas casas encanecerás…”. De la ciudad se han elogiado sus rascacielos, automóviles corriendo raudos por sus avenidas, como metaforizaron futuristas y vanguardistas o saludando el progreso del “tren aéreo” y de los tranvías como hiciera, a riesgo de parecer ingenuo, el poeta Walt Withman.

La ciudad ha sido también “una ciudad en ruinas” para José Emilio Pacheco en Ciudad de la memoria, tras el terremoto de México en 1985 o “una ciudad muerta” en Balada para una ciudad muerta de Alfonso Alcalde (con prólogo de Pablo Neruda). La ciudad es asimismo la Tierra de nadie de Juan Carlos Onetti o el Camino a Babel de Blanca Varela. Si para Balzac la flanerie era “gastronomía para los ojos”, para otros, las ciudades deberían tener “la capacidad de purificarse por el fuego o por la ruina cada medio siglo”, porque de no ser así se convierten irremediablemente “en las guaridas hereditarias de sabandijas y pestes”, como recomendaba Nathalie Hawthorne en The Marble Faun o ser como Nueva York una “hermosa mujer de boca cruel” que deberá un día ser tapada por “un polvo que aniquile a sus habitantes”, como sugirió Theodore Dreiser en My City. La misma ciudad de Nueva York a la que cantó García Lorca en Poeta en Nueva York, con sus “paisajes de la multitud” que “vomita” o que “orina”.

“Observatorios” como “puesto de mando”

Walter Benjamin en sus retratos de ciudades propone la lectura de la metrópolis moderna como si fuera un texto o una escritura, modelo gestado para interpretar las grandes ciudades y sus grupos marginalizados en “ciudades madre” como París, Berlín y Moscú, modelo retomado por Willi Bolle para aplicarlo con originalidad a la ciudad de San Pablo. Así, la dimensión ontológica del espacio integra la dimensión topológica como parte de una comunicación y tránsito naturales del exterior al interior y viceversa. Los escritores son, finalmente, los responsables de la «modelización» de las ciudades y cumplen una función primordial de comprensión y de síntesis.

Luisa Miñana —que se autodefine como “urbanita”— hace de la ciudad —en la que puede reconocerse a Zaragoza— el “puesto de mando” con que Le Corbusier define las ciudades donde se vive y desde las que puede otearse el resto del mundo para hacerlo suyo por la palabra y construir el espacio propio de la creación. Miñana tiene sus “Observatorios” (así titula la primera parte de Ciudades inteligentes (Olifante, 2014), en lo alto de un edificio donde cultiva “jardines en el tejado” y comprueba que las ciudades se levantan con materiales que no sólo provienen de canteras, aserraderos y fundiciones, sino también de los archivos de la memoria. Las ciudades —se ha dicho y conviene recordarlo al leer a Miñana— “están hechas de ladrillos, de hierro, de cemento. Y de palabras”. Es el modo como han sido nombradas, tanto como los materiales con que se las construyó, lo que dibuja su forma y su significado.

Esa ciudad hecha de palabras y de memoria, es una ciudad donde la poeta parece vivir de acuerdo con la máxima del historiador Jacques Le Goff: “en el principio eran las ciudades”, esas ciudades “inteligentes” en las que “nació el intelectual en el Occidente medieval”, concepción renacentista donde la ciudad era espacio protegido y modelado por la cultura; el lugar donde se fue urdiendo la progresiva identificación de la gente con los espacios que habita. Ciudades inteligentes no desmiente el viejo adagio medieval “l’aria della città rende liberi”, libertad que Luisa Miñana ejerce en soledad. “Se que estoy sola. Más sola que nadie. Como todos”, nos dice desde el principio.

En compañía de la soledad

Una soledad que impregna el poemario, al punto de cuestionar la propia identidad de la autora. “Ni yo tampoco estoy en mí, pues me sé sola” —se dirá—, para descubrir que hay una gran soledad en la ciudad donde viven tantos seres, donde apenas existen los demás. En esa urbe sin multitudes se refugian solitarios y desarraigados y en la libertad del anonimato se disimulan las derrotas cotidianas. “Cuando te quedas sola. Digo: completamente sola, frente a ti”, se repite. Soledad que apenas se atenúa en el automóvil donde se escucha música en la radio “sobre las cuatro ruedas”. Único remedio que no impide el reproche: “Cuántas veces ya me habéis dejado regresando sola”. La soledad se protege, en definitiva, con la memoria, una “memoria” que “necesita afianzarse en la memoria de otro” y cuya triste pérdida se descubre en el poema “Residencia de ancianos”.

En su deambular en soledad por la ciudad, la poeta descubre el puente sobre el río que invita al suicidio, la habitación del hospital de los desahuciados, la inutilidad de las catedrales, lo poco recomendable de los rascacielos, la magia de los cajeros automáticos, el embrujo de las salas de cine de antaño, el viejo bar donde bombea “la dosis de cafeína” para “recomponer con elegancia el equilibrio: todos los días”, la farmacia de guardia donde proveerse de “pastillas para el dolor, pastillas para dormir, pastillas para el amor y un puñado de pastillas para la resurrección”. En esa errancia se descubre también la omnipresencia de un paisaje catódico integrado por antenas, pantallas de televisión que multiplican en la tienda de electrodomésticos la propia imagen (“pantallas brillantes de plasma que alimentan mis arterias”), los signos de esa “Google Street” a la que dedica un poema, esos “espacios por donde fui tragada,/ todos los túneles de la desaparición”, de los que no hay escapatoria. Por ello, puede decirse: “Hemos edificado la ciudad habitable/ sobre los cementerios de las amputaciones y sobre los sarcófagos/ de los terrores infantiles, disimulados bajo el relámpago del neón/ insomne y las pantallas que nunca cesan”. La ciudad se entiende así como experiencia múltiple de una permanente superposición de la forma y el sentido.

El sentido del sinsentido

De esa ciudad se quiere huir, aunque se compruebe que “antes de haberme ido/ ya retorno” o que “a ninguna parte se llega. Llegar para/ marchar. Siempre. Irse para llegar, para marchar, para irse/ Nunca. A cualquier lugar.” Se pretende facturar “el tiempo y un lugar” y que “puede no volver, sin irse”.

La atracción por el sentido del sinsentido de les villes énormes de las que hablaba Baudelaire inspiran una prosa poética capaz de adaptarse a los “sobresaltos de la conciencia”, cruzamiento de innombrables relaciones que invitan a errancias y desplazamientos y proponen multiplicidad de intercambios. En esa ciudad de la que había explorado muchos de sus vericuetos en el libro-blog “La arquitectura de tus huesos”, Luisa Miñana sitúa “la justa intersección de peregrinación y memoria” donde el homo viator funda su patria y desde allí proclama los motivos de un viaje que, como quería Celan, justifiquen su divisa: “con él peregrinan los meridianos…”.

Sin llegar al extremo del flâneur Baudelaire cuando sugería que las ciudades cambian con más velocidad que el corazón de un hombre, porque todo paisaje urbano se construye sobre la base de la propia vida que la puebla, es evidente que la representación urbana se filtra y se distorsiona a través de mecanismos que transforman toda percepción exterior en experiencia psíquica y hacen de todo espacio un espacio experimental. Si un cierto tipo de espacio urbano invita a los topoanálisis del «espacio feliz» que propone Gaston Bachelard, Hernán Neira se pregunta si la urbe contemporánea, en la medida en que ha perdido su dimensión comunitaria de polis, no se ha convertido en un «espacio infeliz», donde se han eliminado los vínculos morales y la vecindad es pura contigüidad.

En ese “espacio infeliz” y esa soledad visceral asumida como destino, tampoco es posible encontrar el amor. En Ciudades inteligentes el amor está hecho de desencuentros, de un “amante que no coge el teléfono”, amante que promete “te llamo luego”, amante al que se le pide que apague el móvil y sea un hombre, por un “momento”.

La ciudad como estado de ánimo

Al salir de un largo período de urbanofobia más o menos reflexiva, la ciudad –considerada como espacio de anonimato y soledad, agobio masificado y contaminación– está recuperando sus virtudes más secretas y propone una aventura en la que su propio caos se transforma en objeto estético. María Bolaños (autora de Paisajes de la melancolía) ha señalado que la ciudad es un “estado de ánimo”, para resaltar la fascinación que el lugar como verdad y como motivo ético ejerce sobre nuestro tiempo. El lugar, ese «punto de mira ideal desde el que enfilar todas las búsquedas», permite una doble perspectiva. Por un lado –nos dice Bolaños– «con sus discontinuidades y contradicciones, con su tejido urbano roto y quebradizo, con su Otredad intratable, la ciudad, aseguran sus enemigos, derrota al individuo porque debilita sus convicciones, altera su sistema nervioso, erosiona su vida».

Por el contrario, poetas —entre los que me atrevería a incluir a Luisa Miñana—, pintores y fotógrafos entienden que “la enjundia poética de la calle estaba en la verdad de su desorden, en la parte de calamidad y desolación que contiene”, un “territorio agreste donde leer las tensiones de la Alteridad, del desarraigo y la pérdida”. Se habla de la ciudad como una obra de arte, museo viviente y cambiante que plantea interrogantes sobre sus finalidades y esencias. En este proceso de idealización se tiende a fijarla con una identidad y hasta un sexo: las ciudades son esencialmente femeninas.

Luisa Miñana nos invita a leer su ciudad en el “texto/textura” que proponen las calles y avenidas de sus urbanistas, pero también como espacio de aglomeración que se autogenera fuera de todo control, para darle al conjunto simbólico resultante un “sentido común”, un mundo de significaciones suficiente para permitir tanto la reconstrucción de espacios de origen como la recuperación de un lugar privilegiado del habitar.

Los espacios históricos que “rezuman temporalidad” (Ricardo Gullón), donde mito e historia se entrecruzan y superponen no sólo las representaciones de lo visible, sino las de la memoria individual y colectiva, referentes connotativos no siempre vividos, sino también “aprendidos” o simplemente “leídos”. Lecturas que preceden muchas veces a las experiencias vitales. La carga literaria y de referentes histórico-culturales de ciudades como París, Londres, Roma, Praga, Dublín, Alejandría, San Petersburgo, Madrid y, más recientemente, Barcelona –cuya creciente mitificación evidencia la novela La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza– es indudable. Zaragoza —con Luisa Miñana— tiene ahora la suya.

Y si Ciudades inteligentes tras anunciar una urbe “precozmente extenuada”, cuyo carácter desordenado carece de inversiones afectivas, propone un rescate es, en buena parte, gracias a la intensidad de su poesía. La poesía ha sido capaz de redimensionar la perdida noción de genius loci y de sentar las bases de una nueva “arquitectura espiritual”. Sobre los escombros de la ciudad ideal y sus detritus, jadeando bajo la atmósfera velada por el smog, el calor insoportable (“Fatamorgana”), el espacio urbano sigue siendo, pese a todo, el lugar metafórico y privilegiado donde persiste la trama infatigable de la imaginación y la memoria.

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