Sobre Campo Rojo

Mis 13 aproximaciones sobre Campo Rojo, de Ángel Gracia (Candaya, 2015)

  1. Sobre los conejos.

Comienzo por el final.

Comienzo por el final precisamente porque no puedo hablar del final. No puedo reventar la historia, claro. Si no fuera por esto,  contaría algunas cosas acerca de los conejos y las niñas de ciudad durante los veranos en los pueblos.  Sin embargo únicamente puedo referir ahora que,  en efecto, los conejos son  tímidos, y que, es cierto, hay muchas diferencias entre vivir en la ciudad y vivir en el campo.

  1. Sobre el descampado.

 “El libro de Naturaleza llama a Marte el Planeta Rojo. A ti te gusta pensar que, del mismo modo que la Luna nació de un trozo de la Tierra, el Campo Rojo es un fragmento desprendido de Marte” (p. 178)

“No toques la tierra, que te quemarás, dice tu abuelo.” (p. 235)

Lo cierto es que  Campo Rojo no es Marte ni tierra fértil, que quema bajo el sol. Campo Rojo es un descampado. Un descampado tampoco es un solar. Los solares son lugares vacíos en el interior de la ciudad. Un descampado es el no lugar donde crecen los niños que habitan en los suburbios de la ciudades. Los padres de esos niños usan el descampado de aparcamiento y vertedero. Crecer, aparcar y verter son aquí verbos metafóricos,  sinécdoques.  Siempre el descampado es visible desde cualquier ventana de los bloques de edificios que lo circundan. Plaza pública del suburbio, junto a la autopista. El suburbio, que no es ciudad ni lo será jamás, y que, sin embargo, terminará contagiando a la ciudad muchas de sus perversiones. Campo Rojo es un descampado que quema bajo la violencia.

  1. Almidones del Ebro

La fábrica en torno a la cual crece el barrio, cuya plaza pública es el Campo Rojo.  No es difícil reconocer la referencia real de Almidones del Ebro. Pero no importa. En todas las ciudades del mundo ha sucedido lo mismo en la era industrial: los barrios crecen, en torno a las fábricas, con la misma lógica que los tumores.

  1. Sobre las palabrotas.

 Si las contáramos, serían más de 100, y a ratos escuecen tanto que parecen más de 1.000, esparcidas por las páginas de Campo Rojo.

En el Campo Rojo las palabrotas son el ecosistema natural. Ecosistema, caldo de cultivo,  el huevo de la serpiente. Es cierto: la palabrota es, pronunciada a una determinada edad de la infancia, un vehículo de iniciación, un sacramento.  Sin embargo, en Campo Rojo son sobre todo una forma de poder irracional, violencia gratuita: la ejercida, ni siquiera por los más fuertes, la ejercida por los más despiadados. No se apela a la explicación sociológica, aunque la hubiese.  El exceso anonada, apabila. Al lector también.  Cuando el abuso de poder es tan brutal, no hay sociología que valga. No se puede respirar.

  1. Un punto de dislocación.

Las edades de los chicos y chicas que van y vienen a través del Campo Rojo: al colegio, a los recreativos, de vuelta a casa … Son muy jóvenes para ser ya depositarios de tal grado de violencia, para ser capaces de desplegar tanta brutalidad lingüística… O al menos eso nos gustaría pensar, sentir.  Aquí sí que cuenta la Sociología. Y la Historia.  Y la Educación. Y la Ignorancia.

  1. Novela de iniciación

 Campo Rojo lo es. Como lo fueron y son algunas de las historias más importantes y difundidas de la Literatura y una buena parte de las olvidadas.  En muchas de ellas la llegada al mundo real se produce, en mayor o menor grado, a través de la violencia (Lazarillo de Tormes, David Copperfield, Oliver Twist, La ciudad y los perros…) Está la violencia en la raíz.  La capacidad cultural de contenerla o no define de alguna manera las épocas históricas, el desarrollo civilizatorio de las sociedades.

 Campo Rojo guarda muchos desperdicios de la sociedad de la dictadura (franquista). Por eso va más allá de una novela de iniciación.

  1. Sobre los motes

 Prácticamente casi al final de la narración conoceremos la mayoría de los nombres propios de los actores principales de Campo Rojo.  Los nombres propios individualizan identidades. Los motes son el individuo y cuanto con él viene (familia, cuerpo, aficiones, debilidades o fortalezas), crean jerarquías, posicionan, distribuyen poder y marginación. Como las palabrotas, los motes narran.

  1. Sobre Gafarras

 Un mote. La ridiculización de lo diferente, del diferente. No sólo porque se ve y es diferente. Sobre todo porque se busca anular al diferente a través del desprecio. No es un desprecio gratuito. La red de matones infantiles de Campo Rojo machaca a los débiles y desprecia a Gafarras, Cuatroojos, el empollón. Desprecia la Cultura. Microcosmos dictatorial. Reiteramos. La serpiente guarda sus huevos en cualquier campo.

  1. Sobre las mujeres basura

 Las mujeres en España durante siglos (también todavía en momentos recientes) hemos sido o santas (madre, hermana, esposa), o putas y calientapollas (todas las demás). Es decir, mujeres basura. Usables para todo. Víctimas incluso de las víctimas, sujetos últimos de una cadena que transmite la violencia, pirámide de la impiedad. O putas o calientapollas, eso dice el Farute, el capo infantil de Campo Rojo, para quien el héroe por antonomasia es su hermano mayor, modelo del gran energúmeno follador.

Farute. Mote. En Aragón el adjetivo “farute” designa a alguien engreído, bravucón, chulo, mentiroso.

  1. Sobre el pisito.

 Durante los años de la emigración española desde el campo a la ciudad, el sueño de toda “joven pareja” fue tener su piso, con sus ventanas al descampado, que garantizaban la luz, con sus electrodomésticos, el tresillo y la televisión.  Pequeños dormitorios (que se llamaban cuartos), pequeños cuartos de baño (que se llamaban váter), y una sala de estar todos juntos (que se llamaba comedor).  Pequeñas existencias (que se llamaban vidas) procurándose siempre lenitivos autoengaños.  La casa la construye siempre la madre. El padre casi nunca está. Trabaja 12 horas al día. Pero cuando baja al Campo Rojo reconoce los cardos y otros seres vivos que también habitaban la tierra que él conoció fuera de la ciudad.

  1. Sobre el lenguaje

 Si cada una y todas de las cosas tuvieran una única forma de llamarse, quizás sería más fácil conocer, orientarse en la vida, y sobre todo amar. Pero no es así.  Hay una lengua en el descampado, otra lengua en la familia, otra lengua en los libros que salvan. Es difícil abrirse paso entre tanta confusión.

Esa, desde luego, parece una de las tesis que desarrolla Campo Rojo. Y, embargo, Campo Rojo es su propia superación. Literatura que explica vida. Por eso Campo Rojo necesitaba tanta valentía en el lenguaje. Y tanta medida en la exposición de: temas, personajes, emociones, palizas, sexo … a pesar de la abundancia. Qué excelente control del descontrol, qué dosificación tan delicada de la brutalidad. Qué necesaria la distancia que impone el uso de la segunda persona a la hora de contar.

  1. Sobre la tiza y el pegamento

 Los escolares actuales ya no usan ni tiza ni pegamento.  Sin embargo, sus otras formas de fingir fiebres y huir de la realidad parecen a veces diminutas esquirlas de tiza o licuado pegamento que apelmaza las arterias.  Al fin y al cabo, lo que cambia en la Historia no es el hombre, son los instrumentos.

  1. Sobre los felices años 80.

Ángel Gracia dice que el tiempo de su novela es el comienzo de los años 80. Todavía no había ni siquiera teléfonos móviles y en la mayoría de los hogares de las familias obreras de los extrarradios escaseaban los libros. No había calefacción.  Triunfaban Alaska y los Pegamoides, Mecano, Camilo José Cela , Naranjito y el Rey Juan Carlos. El petróleo estaba carísimo, el desempleo hacía estragos y a todas horas sonaban amenazas de golpes de estado en España. En una esquina del descampado que había en frente de mi casa se acumulaban las geringuillas. Algunos se fueron tras la heroína y a otros se los llevó el sida. Ese mismo descampado junto al cual había estado muchos años la fábrica Alumalsa, con sus chimeneas escupiendo serrín negro en mi ventana.

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