La señora Oriol

Para la Presidenta (que no Presidente, como titulan algunos medios de comunicación) del Círculo de Empresarios, Mónica Oriol, contratar mujeres que tengan entre 25 y 45 años es un problema. Ya lo habrán escuchado ustedes. Es un problema porque las mujeres entre esos años se pueden quedar embarazadas. En aclaración (o abundamiento) posterior, puntualiza que es un problema para la empresa y dadas las condiciones del sistema económico actual. Y, visto así, tiene razón.

El sistema económico en el que vivimos, y vivimos bien a pesar de todo y considerando los términos generales de la vida en Occidente y una parte de Asia, es un sistema por naturaleza excluyente. Así que el punto de vista de la señora Oriol es coherente con lo que ella percibe como práctica lógica en los usos empresariales: conseguir el mayor beneficio posible, concentrado en cuantas menos manos, mejor, en el menos tiempo que sea factible y al menor riesgo. Pura rentabilidad a costa de lo que sea. En síntesis y en lenguaje coloquial a eso se reducen los hechos del capitalismo.

Por tanto, desde esa posición, la señora Oriol razona con lógica: una mujer embarazada y luego madre conlleva un riesgo de minoración contable en la rentabilidad de su aportación al beneficio empresarial propio e inmediato, derivado de las circunstancias y vicisitudes normales en tal coyuntura. Dado lo cual, parecería bien razonable haber evolucionado hacia un sistema en el que lo más equilibradamente posible el derecho a la maternidad-paternidad y crianza de los hijos (que por otro lado también constituye un activo socio-económico) y la necesidad de las empresas de mantener su rentabilidad media se compensase. A eso en una época no muy lejana, aunque lo parezca, se le llamaba Estado del Bienestar. Una derivación con correcciones del capitalismo que de manera irregular y muy desigualmente se había ido aplicando y desarrollando en buena parte de Europa, al menos, y que en España comenzaba frágilmente y muy imperfectamente a penetrar en la desestructurada sociedad española, en el caótico desarrollo económico español, fruto de un capitalismo nacional aplicado con gran incultura por una élite de mentalidad cortoplacista y nulo sentido de lo colectivo.

Como bien sabemos, el poder global ha decidido terminar con la aventura del Estado del Bienestar. En ello estamos. Por eso, la señora Oriol dice lo que dice, y su afirmación acerca de las mujeres embarazadas como problema no está lejos de aquella otra sobre el derecho empresarial a explotar a los jóvenes ignorantes e incapaces. En ambos casos la señora Oriol desplaza el problema al plano estrictamente individual, no social En vez de demandar programas educativos adecuados y solventes para la formación de nuestros jóvenes prefiere utilizarlos como a chusma sin derechos, y en vez de exigir programas sociales para la conciliación familiar (que involucren a hombres y mujeres, por supuesto) hacer chascarrillos castizos sobre posibles maridos funcionarios que cuiden de los hijos. Este concepto respecto a los empleados públicos también es bastante denotativo de la óptica social de la señora Oriol.

En fin, y como guinda, en sus declaraciones de puntualización suma la gracia de advertirnos  que a las mujeres conviene no protegernos demasiado, para que así no nos llevemos a engaño en cuanto a la gran dureza de este sistema tan competitivo. Aquí es donde se nota definitivamente que la señora Oriol no piensa ni habla, cuando así habla, como mujer, sino que habla desde su posición de empresaria directiva, habla exclusivamente como miembro de una clase social que entiende que un trabajador sólo se vincula a su trabajo por la remuneración del mismo, es decir, que es incapaz de tener otro interés que el puro euro, el barrillo de la pasta, vamos. Y cuando así puntualiza, la señora Oriol vuelve a ser tan clasista como al principio, claro (además de pisar terrenos muy pantanosos, dado el alto nivel de corruptelismo y mafioserismo entre la clase empresarial y financiera del país, a la que no parece mover más afán que sus altos intereses crematísticos).

La señora Oriol intenta darle la vuelta a su afirmación inicial explicando que a su juicio la protección legal que evita el despido de las mujeres acogidas a la conciliación familiar no las beneficia, porque ante este “blindaje” es cuando las empresas evitan contratar a las mujeres entre 25 y 45 años. Pero, ¿cuántas mujeres conservarían su puesto de trabajo si no existiera tal observación legal? Así pues, las supuestas puntualizaciones de la señora Oriol son una aporía ( o sea una paradoja irresoluble y, añadiré, muy cínica).

Y son dichas puntualizaciones las que al cabo me ha llevado a escribir esta nota, aunque una tienda a evitarse disgustos, prestando una atención peripatética a discursos como los de la señora Oriol. Pero esta vez no. Esta vez aparco un rato (largo) mis muchas y conciliadas ocupaciones de mujer con familia (no hijos, pero familia), trabajo, casa, textos por escribir, jornadas por organizar, webs por alimentar y organizar, revistas por editar, espalda y cabeza que cuidar, y escribo esta nota porque:

  1. Las mujeres no pertenecientes a las clases altas (o sea la gran-gran mayoría) hemos trabajado durante toda la puñetera historia de la Historia. Durante las centurias preindustriales, industriales y postindustriales. Dentro y fuera de casa. A cualquier hora. Muchas a cambio de poco. A veces a cambio de nada. Preñadas y no preñadas. De manera formal e informal, con carácter profesional o no. Pero siempre. Siempre. Y hemos producido mucho. Diariamente, hemos sido productivas día a día, -como dice la señora Oriol que deben ligarse las mujeres a sus responsabilidades de trabajo-, y mucho. Así que la cuestión de la dureza de la vida laboral nos la sabemos. No tiene que venir a enseñarnosla la señora Oriol que, sí, tiene seis hijos, pero también una persona fija en casa que la ha ayudado a criarlos. Mi abuela igualmente tuvo seis hijos, vivía en un pueblo donde no había agua ni luz, trabajaba en el campo y en los mercados donde iba a vender lo que recogía del campo. Mi abuelo no ayudaba nada en casa, y tampoco había nadie más que le criara a los hijos. No hace tanto de esto. Nunca hubo una ley que la tuviera en cuenta. A las mujeres no nos importa que ahora por fin existan leyes que les recuerden a cabezas como las de la señora Oriol cómo deben ser las cosas para que todos tengamos las mismas oportunidades. Y
  2. Porque me temo que si la señora Oriol representa el sentir mayoritario de la clase empresarial de este país (y es lo más probable), la próxima demolición del mutilado Estado del Bienestar atacará directamente los derechos laborales  de las mujeres, ya de por sí tan en precario.
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