La Europa ruin

Es lógico que la imagen del pequeño cadáver de Aylan tendido a la orilla del mar haga temblar las tripas incluso de seres tan gélidos como Rajoy (si es que Rajoy se ha parado a mirar el pequeño cadáver de Aylan, y no está simplemente siguiendo el nuevo argumentario que la realidad ha terminado por imponer a los líderes europeos, aunque sólo un poquito – el cinismo de la política no da para más)

Suelen ser las terribles imágenes de niños víctimas (Vietnam, Sudán, Haití, etc) las que consiguen enfrentarnos a nuestra propia crueldad indiferente; la tribu al final reacciona en alguna medida ante el desconsuelo, el dolor o la muerte de aquellos a quienes se supone debería haber protegido y criado.

El reto verdadero es ahora no quedarnos en esta reacción emocional. Porque ya se sabe que a las emociones las cura el tiempo (y esto también lo saben los políticos y los ejércitos).

Lo importante es que recordemos ahora y no olvidemos luego que los cientos de miles de seres humanos que llegan ahora a Europa en demanda de justo asilo, de justo cobijo, de justo futuro, llevan ya mucho tiempo viviendo en condiciones insoportables en su propio país de origen (Siria, pero también Afganistán, pero también Irán, pero también Eritrea, pero también …) o en aquellos a donde primero acudieron y en los que no los trataron demasiado bien (Turquía, por ejemplo).

Lo importante es que seamos conscientes de que debemos cobijarles no por emocionante generosidad (que también), sino por justicia. Porque los conflictos que los están expulsando de sus países no nos son ajenos ni a nuestros gobiernos ni a nosotros, habitantes cómodos (a pesar de la crisis económica, – todo es relativo, y si nos comparamos seguimos siendo ganadores -) de Europa, incapaces de presionar con la exigencia precisa a esos nuestros gobiernos que mantienen políticas geoestratégicas demenciales, sí, pero siempre propicias a aquellas corporaciones económicas y potencias políticas que basan su poder en nuestro nivel de vida mantenido. Somos rehenes de nuestro bienestar.

Lo importante es que cuando recordemos a Aylan, sepamos que muchos niños refugiados sí consiguieron llegar a Europa, y muchos de ellos lo han hecho solos, sin padres, sin familia (sólo en Belgrado las instituciones implicadas han registrado a más de cuatro mil menores viajando solos).

Lo importante sería que este nuevo y descomunal desastre que los refugiados han arrastrado hasta el corazón de Europa fuese realmente un motivo para una verdadera reflexión sobre el sentido de la Unión Europea y de inflexión para reconducir sus mediocres políticas a todos los niveles.

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