De Villanueva al Jalón

Sol. Sol de plano y a plomada. El aire seco e impalpable y el color pardo de la ladera del monte breve que sostiene más altas que el horizonte, aisladas del mundo, las cuatro casas y la gran iglesia de Villanueva de Jalón. Es la primera imagen, de entre los recuerdos infantiles, que guardo de los tres o cuatro viajes, no más, que hicimos desde Barcelona. Siempre en verano. Desde el apeadero de Purroy a Villanueva cumplíamos el camino andando, mi padre, mi madre que tiraba de mí, y la maleta marrón con rayas rojas que cargaba mi padre. Hasta Purroy llegábamos, desde Zaragoza, en uno de aquellos trenes de asientos de madera y ventanas de guillotina, siempre abiertas, por donde entraba el aire caliente del mes de julio y la carbonilla. Trenes más viejos casi que mis abuelos maternos, Francisco y Carolina, que vivían en una de aquellas pocas casas que eran (y son todavía, ya en ruinas) Villanueva de Jalón. Desde sus ventanas la vista alcanzaba el río perenne y buena parte del valle. Todo siempre igual. Pero el mundo cambiaba a toda velocidad. La pequeña huerta –pagada al antiguo Conde-, a orilla del río, nunca les sacó de la precariedad, ni a ellos ni a sus hijos, carne de emigración. A Villanueva había llegado la luz eléctrica, temblorosa y fantasmagórica, pero no el agua corriente. Cerraron para siempre la puerta de su casa en 1968. Un año después el hombre llegó a la Luna, y durante algunos más mi abuelo siguió yendo desde Morata de Jalón, todos los días, a su huerta, junto al río, a la sombra de Villanueva, a lomos de su burra. Él fue de los que nunca creyeron la llegada a la Luna, y la huerta ardió en un incendio hace algunos años.

Hasta Zaragoza, desde Barcelona, viajábamos en aquellos trenes expresos, galdosianos y largos como un desfile procesional. La visita anual a Villanueva incluía bajar a Morata, pasar a Chodes, donde vivía mi padrino, junto a la plaza, acercarse a Brea, lugar natal de la abuela. En pocos días, vuelta a Purroy y al tren hasta Terrer, el pueblo de mi padre. No tardábamos en volver a casa. Mi padre sólo hacía la mitad de las vacaciones, para poder cobrar el resto. Quedaban verano para mí y horas de juegos callejeros: ¿qué has hecho? ¿dónde has ido? Casi todos íbamos a los lugares de origen de nuestros padres. Bajábamos al río a fregar los platos y a lavar la ropa, les contaba. Hay una noria enorme, que hace mucho ruido. He cogido tomates con mi abuelo y he comido de fiambrera, en la huerta. De noche la luz se va muchas veces y la plaza está muy oscura. No, no hay televisión. Me gustaban mucho, lo sé hoy, los interruptores de luz blancos de porcelana. Me gustaba sentarme con la abuela, al pie del hogar, mientras ellas cocinaba para todos y tomábamos café con leche condensada. Odiaba la siesta a la que ella me obligaba y echaba de menos ver la serie de televisión después de comer, y sobre todo un wáter; odiaba tener que ir al corral. No sabía “ir al corral”. Siempre fui una criatura de ciudad.

En décadas no he vuelto al viejo pueblo, hoy destrozado. A mis abuelos me los voy tropezando, con nombres y apellidos, en las páginas de internet sobre pueblos deshabitados. Soy una criatura de ciudad. Pero confieso una emoción atávica, un sincero sentimiento de ligazón hacia ese lugar que la dictadura de la razón contable hizo imposible.

(Publicado en Heraldo de Aragón, 17-08-16)

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