Indiscreta

Una de mis películas favoritas es desde siempre “La ventana indiscreta”. Era todavía una niña cuando la vi por primera vez, en la televisión (en realidad siempre la he visto en televisión, que no es sino otra ventana). Siempre he sido muy voyeur de las ventanas, lo reconozco. Me fascina mirar a su través. Pero no de cerca, no, lo que me hipnotiza es la composición en retablo que imita la fachada de un edificio. También desde niña, una de mis inercias, cuando camino por las calles de la ciudad, es mirar hacia arriba, observar las celdillas de las fachadas, los escenarios donde se desarrollan simultáneamente cientos, miles de historias, que constituyen, en sus cubículos, pequeños mundos casi sin interferencias. También observo por las noches, lo confieso, desde mi propia ventana. Y realmente, no me interesa saber qué ocurre tras cada una de esos cristales y cortinas. Me atrapa lo que yo soy o no capaz de imaginar a partir de algo observado al otro lado del cristal: una mesa con un objeto sobre ella, una lámpara, unas cortinas, las actitudes de las figuras humanas, el color de las paredes, alguna habitación apenas atisbada al fondo … Me abduce la posibilidad.

De la misma manera, me ha subyugado la proliferación de ventanas digitales durante este confinamiento. De nuevo, la ventana de la pantalla de televisión me ha permitido deslizarme a través de otros cientos, miles de ventanas-pantallas digitales. Durante las conexiones domiciliarias en informativos, tertulias, programas diversos, he pasado horas observando (ahora más de cerca, aunque no por mi voluntad) salones, sofás, cocinas, papeles pintados, estanterías, pasillos … Así que, la mayoría de las veces, mi atención no está centrada en el mensaje ni el discurso del busto interviniente (mis respetos), sino que termina siempre deambulando por las posibles historias que me sugieren todos esos paisajes interiores, los objetos domésticos, la luz de la habitación…

De manera semejante a como hacía, también de niña, con las novelas por entrega que veía en televisión, -para las que inventaba al término de cada capítulo una continuación a la historia, porque no podía esperar al día siguiente-, he construido en mi imaginación como será el resto del hogar mostrado a través de la ventana digital, cómo transcurrirá allí dentro el tiempo al que ya no asisto … El escenario televisivo, el decorado siempre tan de cartón piedra, o sea ficción primaria, de la televisión es sustituido por una multiplicidad de escenarios que sabemos no fingidos, aunque puedan ser ficcionados, y que, a diferencia de lo que ocurre cuando atisbaba a través de las ventanas de los edificios, propician que la distinción entre una y otra dimensión -la vida que allí sucede y mis imaginaciones- sea poco nítida, como para mí lo eran, de niña, la historia que contaba una telenovela por entregas y las sucesivas historias que yo iba adaptando e intercalando en ella.

En fin, asuntos que podrían recordarnos a Black Mirror (tiempo al  tiempo), pero cuyo germen ya podemos rastrear en Hitchcok, Unamuno o Pirandello-

 

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