Sobre Calafell

Por razones obvias, nunca hablo de los libros de Fernando Sarría. Pero pido dispensa por una vez, para hablar de Calafell, el poemario que ahora reedita Lastura. O mejor dicho para contar algunas cosas acerca de los poemas de Calafell. Más concretamente aún, para hablar de algunas cosas tomando como feliz excusa esos poemas.

Como sabéis los lectores y amigos de Fernando Sarría, los poemas del libro Calafell trasponen la memoria del autor sobre sus vivencias infantiles en el Sanatorio de Sant Joan de Déu, a donde llegó, posiblemente a comienzos del verano de 1963, para recuperarse de la operación que le habían practicado unos meses antes en Barcelona, en el Hospital de la Orden.  Fernando fue uno de los muchos niños que a comienzos de los sesenta sufrieron poliomielitis, todo indica que a causa de una deficiente o casi inexistente vacunación por parte de las autoridades sanitarias de la Dictadura. No entraré en detalles ni emociones que sólo a Fernando Sarría corresponde relatar. Pero sí quería reseñar que la experiencia de ese tiempo fue traumática, como no podía ser de otra manera, hasta el punto de que durante mucho tiempo olvidó sus recuerdos de aquel lugar. Retornaron para bien, creo, después de un viaje realizado a Calafell en su busca, y que en realidad había empezado muchos años antes, cuando recuperamos para Fernando el recuerdo latente y silencioso de la histórica nevada en Barcelona de la Navidad de 1962, que para mí siempre ha permanecido muy palpitante, atravesando toda la vida.  A partir de esa nevada, mencionada en la carta que el fraile encargado en el Hospital de Barcelona envía a la madre de Fernando, él fue reconstruyendo la cronología de su estancia en la capital catalana y en Calafell, que se había emborronado completamente en su cabeza. Por su parte, la milagrosa virtud de la poesía, de la escritura, vehiculó, como siempre insiste el autor, el regreso sanador de la memoria feliz, en medio de todo el miedo y el sufrimiento; la posibilidad de atesorar ahora también muchos de los buenos momentos infantiles vividos junto al mar, a pesar del contacto diario con la enfermedad y la muerte.

Los primeros años sesenta son en España los últimos de una muy extensa posguerra y los inicios de la transformación económica y social. Como han escrito los historiadores, son los años en los que el régimen comienza a evidenciar las contradicciones y tensiones internas entre la férrea imposición política y una sociedad a la que se le irán quebrando las costuras a lo largo de las dos décadas siguientes. El Sanatorio de Sant Joan de Déu sobrevivía prácticamente merced a la caridad de las gentes de las localidades próximas: acelgas por las noches, era la cena habitual, suele recordar Fernando. En él vivían como podían, cuidados por frailes más voluntariosos que otra cosa, niños, jóvenes y adultos, todos afectados de enfermedades infecciosas o neurológicas, en su totalidad (con la excepción de Fernando y un colega suyo, durante la época de su estancia) inmovilizados por completo. Desde que conozco esta historia, siempre he pensado que su devenir fue cotidiano a aquellos felices días de vino y rosas que nos han contado, en tantos testimonios y libros, los amigos y amigas del editor y escritor Carlos Barral, y el mismo, aquella forma estética y políticamente comprometida de enfrentar la mezquindad y el totalitarismo del régimen dictatorial, y muchos de cuyos episodios fueron brillantemente celebrados en la casa de la familia Barral en Calafell, muy cerca en realidad del Sanatorio, donde la enfermedad, la pobreza y la muerte se anclaban testarudamente frente al mar.

La memoria sobre el papel fundamental del entorno de la gauche divine barcelonesa se ha multiplicado con el paso del tiempo. Es una suerte. Sin embargo, la memoria sobre las gentes que vivieron y murieron únicamente amparados por los frailes de San Juan de Dios, al igual que en otras instituciones, o en el silencio de las familias, se ha ido adelgazando. Hoy, El Sanatario de Calafell, aunque reconocible en su fachada, reconstruido desde la ruina en que se convirtió durante muchos años, ha perdido todo su significado histórico, al convertirse en un lujoso centro hotelero. Por eso el poemario Calafell tiene un especial valor: por sí mismo, porque en él sigue sonando la voz de un niño que a menudo habita todavía en aquel lugar extraño junto al mar, y también porque es una denuncia poética de las habituales ausencias en el relato de la historia colectiva, tan inclinada a olvidar.

 

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